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miércoles, 16 de enero de 2013

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




EL NIÑO EN LA ESTANCIA

                      
En aquella época, el retrato, a todo color, del gran hombre ocupaba un lugar de honor sobre la repisa de la chimenea de nuestra sala o salón. La imagen de un hombre de rasgos finos y bien perfilados, pelo y patillas castaño-rojizas y ojos azules; algunos lo llamaban “el inglés”, debido a sus rasgos regulares y a su tez sonrosada. Aquel retrato de rostro severo y apuesto, con las armas de la república—las banderas, los cañones y las ramas de olivo—en el pesado marco dorado, era uno de los adornos principales de la habitación, y mi padre estaba orgulloso de él, porque era, por razones que luego diré, un gran admirador de Rosas, un “rosista” de tomo y lomo, como llamaban a sus leales. El retrato estaba flanqueado por otros dos: uno era el de doña Encarnación, la mujer de Rosas, fallecida hacía mucho tiempo, una mujer hermosa, joven y de aspecto orgulloso, con una gran mata de pelo negro y un fantasioso peinado, rematado por una gran peineta de concha de tortuga. Recuerdo que, de niños, solíamos contemplar aquel rostro bajo la mata de pelo negro con extrañeza, casi con inquietud, pues a pesar de su hermosura, no había en él dulzura ni amabilidad y, aunque hacía mucho que había muerto, cuando la mirábamos era como si estuviese viva y sus ojos negros y fríos nos devolvieran directamente la mirada. La razón por la que aquellos ojos, necesariamente inmóviles, seguían clavándose siempre en los nuestros, aunque estuviésemos en diferentes lugares de la habitación, fue un continuo motivo de extrañeza para nuestros cerebros inexpertos e infantiles.
Al otro lado, estaba el semblante truculento y repulsivo del capitán general Urquiza, la mano derecha del Dictador, un matarife feroz como ninguno, que durante años había mantenido su autoridad en las rebeldes provincias del norte pero ahora acababa del volverse contra él y, poco tiempo después, con la ayuda del ejército brasileño, conseguiría echarlo del poder.

W.H. Hudson. Allá lejos y tiempo atrás. Acantilado.