lunes, 28 de febrero de 2022

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






Una onada
o un arbre, encara que poden
ser molt detallats, representen
una onada
o un arbre.

I no em cusis més botons
inútils a les mànigues
de l’americana.

Joan Brossa.

jueves, 24 de febrero de 2022

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE










EL VAPOR DELFÍN


«A las nueve de la noche el vapor «Delfín», de la Compañía Trasmediterránea, se despega del dique con un agrio roncar de cadenas; el trajín submarino de la hélice hace temblar los mástiles, y de la chimenea se desprende una larga columna de humo, semejante a un airón. Desde el lienzo obscuro del muelle, escasamente alumbrado, algunos pañuelos blancos saludan al convoy. La despedida es triste, silenciosa; los que se quedan, como los que se van, reprimen su pena; aquella despedida sin efusiones, tiene toda la rigidez glacial de un deber.
El barco va abarrotado de mercancías y de caballos, y el pasaje, casi exclusivamente militar, lo componen un centenar de soldados bisoños y, numerosos graduados, que, después de dos o tres meses de licencia, regresan a África; la tierra hostil donde esperan a los bravos las cruces de la Gloria y la Muerte. Las luces verdes, rojas y blancas, distribuidas a lo largo» de la ancha herradura de la bahía, hunden sus reflejos en la limpidez del agua dormida, y los faros guiñadores y distantes, al proyectar su chorro: luminoso paralelamente a la línea del horizonte, parecen cometas. Aquí y, allá, en la claridad indecisa de la noche estrellada, los veleros anclados levantan sus mástiles, a los que las vergas dan expresión mística, y, una emoción de advertencia y consejo tiembla en los baupreses que nos apuntan. Gradualmente el «Delfín» acelera su marcha; de pronto, al enfrentarse con el mar libre, tremante, negro como el Enigma, una fuerte ráfaga de aire pasa sobre el buque, y una ola poderosa lo cunea de popa a proa; así estremecido, parece temblar, el «Delfín» tiene miedo...
Dejamos la cubierta y por una escalerilla bajamos a la cámara «de primera». Un olor nauseabundo a retretes sin agua, una atmósfera densa, recargada de miasmas, que conserva el aliento pestilente de cuantos millares de personas se marearon allí, oprime nuestra garganta, y una sensación de asco nos sube a los labios. Aquellos corredores mal alumbrados y sucios huelen a vómito. »

Eduardo Zamacois.
De Córdoba a Alcázarquivir.
Casa Editorial Maucci.

domingo, 20 de febrero de 2022

OBITER DICTUM






«Ahora, dieciséis años después, el lugar donde se hizo La noche de la iguana se ha convertido en un pueblo fantasma. Aparte del viejo hotel —que sirve de vivienda al guarda mexicano y su familia—, lo único que queda son las fachadas de las casas y montones de escombros. Algún que otro turista llega allí desde la playa de Mismaloya, pero en general es un lugar silencioso y desierto con sus ásperos límites piadosamente suavizados por la selva invasora. A nadie —salvo a un viejo que a veces pasa por allí yendo de Las Caletas a Vallarta— parece importarle un comino lo que le suceda al lugar. A él le gustaría que lo demolieran y se lo devolvieran a las iguanas. El viejo soy yo, por supuesto.»

John Huston.

miércoles, 16 de febrero de 2022

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






HACIA LA BRISA

Si el tiempo me persigue
me ocultaré en el mar,
regazo inmenso que me envuelva
lejos de las orillas.

Allí,
(lejos de las orillas),
en el adentro más remoto,
flotar acaso me veréis
-barquilla blanca-
con los brazos en cruz...

Digo:
si me persigue el tiempo,
buscadme por el mar.

José Lupiáñez.

martes, 15 de febrero de 2022

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA

 




LOS LUNES ME LLAMABA NICANOR

 

Yo los lunes me llamaba Nicanor.

Vindicaba el horrible tedio de los domingos

Y desconcertaba por unas horas a las doncellas

Y a los horóscopos.

 

El Martes es un día hermoso para llamarse Adrián.

Con ello se vence el maleficio de la jornada

Y puede entrarse con buen pie en la roja pradera

Del miércoles,

Cuando es tan grato informar a los amigos

De que por todo ese día nuestro nombre es Cristóbal.

 

Yo en otro tiempo escamoteaba la guillotina del tiempo

Mudando de nombre cada día para no ser localizado

Por la señora Aquella

La que transforma todo nombre en un pretérito

Decorado por las lágrimas.

 

Pero ya al fin he aprendido que jueves Melitón,

Recaredo viernes, sábado Alejandro,

 

No impedirán jamás llegar al pálido domingo innominado

Cuando ella bautiza y clava certera su venablo

Tras el antifaz de cualquier nombre.

 

Yo los lunes me llamaba Nicanor.

Y ahora mismo no recuerdo en qué día estamos

Ni cómo me tocaría hoy llamarme en vano.



 Gastón Baquero.


sábado, 12 de febrero de 2022

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE



HAY MOROS EN LA COSTA


«Si uno avanza desde Adra hacia el oeste siguiendo la carretera de la costa, encuentra una torre vigía cada pocos kilómetros. Algunas son cuadradas, hechas de una especie de cemento, y muy antiguas. Tito Livio se refiere a ellas con el nombre de turres Hannibalis y dice que fueron construidas por los cartagineses, pero según el profesor Schulten muchas de ellas pertenecen a un período anterior, a Tartessos. Las torres redondas, más numerosas, fueron construidas por los árabes, pero mantenidas en uso por los cristianos hasta el final del siglo XVIII , para prevenir los movimientos de los corsarios. Cuando se atisbaban barcos sospechosos se encendían fogatas en ellas y la milicia montada, conocida como la caballería de la costa , acudía rápidamente al punto de peligro. La frase “Hay moros en la costa” se convirtió en un proverbio.»

Gerald Brenan.
Al Sur de Granada.
Tusquets Editores.

miércoles, 9 de febrero de 2022

ARPILLERA Y POLVO

                                              LOVIS CORINTH






martes, 8 de febrero de 2022

ALLÁ EN LAS INDIAS






EL PADRECITO LEÍA A CIEZA DE LEÓN?


«Mitimaes llaman a los que son traspuestos de una tierra en otra. Y la primera manera o suerte de mitimaes mandada poner por los Ingas era que, después que por ellos había sido conquistada alguna provincia o atraída nuevamente a su servicio, tuvieron tal orden para tenerla segura y para que con brevedad los naturales y vecinos de ella supiesen cómo la habían de servir y de tener y para [que] desde luego entendiesen los demás qué entendían y sabían sus vasallos de muchos tiempos, y para que estuviesen pacíficos y quietos y no todas veces tuviesen aparejo de se rebelar y si por caso se tratase de ello que hubiese quien lo estorbase, trasmutaban de las tales provincias la cantidad de gente que de ella parecía convenir que saliese; a los cuales mandaban pasar a poblar a otra tierra del temple y manera de donde salían, si fría, si caliente, en donde les daban tierras y campos y casas tanto y más como dejaron. Y de las tierras y provincias que de tiempo largo tenían pacíficas y amigables y que habían conocido voluntad para su servicio, mandaban salir otros tantos o más y entremeterlos en las tierras nuevamente ganadas y entre los indios que acababan de sojuzgar, para que deprendiesen [aprendiesen] de ellos las cosas arriba dichas y los impusiesen en su buena orden y policía y para que, mediante este salir de unos y entrar de otros, estuviese todo seguro con los gobernadores y delegados que se ponían, según y como dijimos en los capítulos de atrás. Y conociendo los Ingas cuánto se siente por todas las naciones dejar sus patrias y naturalezas propias, porque con buen ánimo tomasen aquel desierto, es averiguado que honraban a estos tales que se mudaban y que a muchos dieron brazaletes de oro y plata y ropas de lana y de pluma, y mujeres, y eran privilegiados en otras cosas muchas; y así, entre ellos había espías que siempre andaban escuchando lo que los naturales hablaban o intentaban, de lo cual daban aviso a los delegados e con priesa grande iban al Cuzco a informar de ello al Inga. Con esto todo estaba seguro, y los mitimaes temían a los naturales y los naturales a los mitimaes, y todos entendían en obedecer y servir llanamente. Y si en los unos o en los otros había motines o tramas o juntas, hacíanse grandes castigos porque los Ingas, algunos de ellos, fueron vengativos y castigaban sin templanza y con gran crueldad. Para este efecto estaban puestos los unos mitimaes, de los cuales sacaban muchos para ovejeros y rabadanes de los ganados de los Ingas y del Sol y otros para roperos y otros para plateros y otros para canteros y para labradores y para dibujar y esculpir y hacer bultos, en fin, para lo que más los mandaban y de ellos se querían servir. Y también mandaban que de los pueblos fuesen a ser mitimaes a la montaña de los Andes a sembrar maíz y criar la coca y beneficiar los árboles de fruta y proveer con lo que faltaba en los pueblos donde con los fríos y con las nieves no se pueden dar ni sembrar estas cosas.»

Pedro de Cieza de León.
Crónica del Perú.

viernes, 4 de febrero de 2022

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






Alef

Como cualquier hijo del hombre, también he entrado un día en la Casa del Placer. La Casa del Placer es amplia y hospitalaria: en ella hay grandes toneles para los bebedores y lechos para los indolentes.

 En su interior se está a maravilla.

Pero en la Casa del Placer hay una extraña costumbre, que no vi en parte alguna. El que consume el vino, debe apurar también las heces; el que come el racimo, debe comer también el escobajo, y el que ama a una mujer hasta devorar su carne, debe cargar después toda la vida ya con su esqueleto.

                                             Rafael Cansinos Assens.

lunes, 31 de enero de 2022

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




LOS CANÍBALES DEL KREMLIN


“Entre tanto, en el seno del partido, iba avecinándose una nueva crisis. El consabido “trío”, que se había enfrentado contra mí como un solo hombre en la primera época, distaba mucho de formar una compacta unidad. Tanto Zinovief como Kamenef estaban muy por encima de Stalin, lo mismo en capacidad teórica que en talento político. Pero los dos carecían de esa pequeñez que se llama carácter. La amplia perspectiva internacional – amplia comparada con la de Stalin –que adquirieran en la emigración bajo el magisterio de Lenin, lejos de darles mayor fuerza, debilitaba su posición. El barco navegaba rumbo a “la independencia nacional, apta para bastarse a sí misma”. Los esfuerzos de Zinovief y Kamenef por defender, aunque sólo fuese parcialmente, la orientación internacional, les convertía, a los ojos de la burocracia, en trotskistas de segundo rango. Esto movíales a atacarme con más furia, para, de este modo, hacerse acreedores a seguir disfrutando de la confianza de los burócratas. Pero estos esfuerzos fueron en vano. Los poderes burocráticos comprendían, cada vez con mayor evidencia, que Stalin era carne de su carne. Pronto Zinovief y Kamenef se encontraron enfrentados con él como enemigos, y cuando intentaron llevar en apelación ante el Comité central su pleito, hubieron de convencerse de que Stalin tenía una mayoría inatacable.
         A Kamenef se le consideraba como el caudillo oficial de Moscú. Los comunistas de Moscú, que habían presenciado cómo en el año 23 se destruyó la organización del partido en aquella capital con ayuda suya, en castigo a la mayoría que se había manifestado favorable a la oposición guardaron ahora silencio, despechados. En las primeras tentativas que hizo para resistir contra Stalin, Kamenef no encontró apoyo en nadie. En Leningrado ocurrió muy de otro modo. En el año 23, los comunistas de esta capital estaban a salvo de la oposición gracias a la tupida red burocrática que había venido tejiendo Zinovief. Pero ahora, les llegaba el turno a ellos. El rumbo que se seguía hacia los “kulaks” y el “socialismo en un solo país” tuvo la virtud de indignar a los obreros de Leningrado. La protesta de clase de los trabajadores coincidió con la fronda de los privilegiados desatada por Zinovief. De este modo, surgió una nueva oposición en la que formó en los primeros momentos Nadeida Konstantinovna Krupskaia. Con gran asombro de todos, y en primer lugar de sí mismo, Zinovief y Kamenef veíanse obligados e repetir, en parte, las críticas de la oposición, con lo cual consiguieron que se les adscribiese inmediatamente a las filas de los “trotskistas”. Nada tiene de extraño que para los nuestros tuviese que ser, cuando menos, paradójica una alianza con Zinovief y Kamenef. Eran muchos los de la oposición que se resistían a pactar esta alianza, y hasta había algunos –claro está que muy pocos – que abogaban por unirse a Stalin contra los otros dos. Uno de mis mejores amigos, Mratchkovsky, viejo revolucionario, que había sido, durante toda la guerra civil, uno de los mejores caudillos militares, se pronunció contra una y otra alianza, dando la siguiente fundamentación, que puede quedar como clásica: “Stalin faltará a su palabra, y Zinovief huirá.” Pero estas cuestiones no se deciden nunca en última instancia por motivos psicológicos, sino por razones políticas. Zinovief y Kamenef reconocieron abiertamente que los “trotskistas” habían tenido razón en la campaña seguida contra ellos en el año 23 y se hicieron cargo de los principios que formaban nuestro programa. En tales condiciones, no era posible que nos negásemos a pactar un bloque con ellos, sobre todo teniendo en cuenta que detrás de ellos estaban varios miles de obreros revolucionarios de Leningrado.
         Yo no había vuelto hablar con Kamenef, fuera de las sesiones oficiales, desde hacía tres años, es decir, desde aquella noche en que, a punto de partir para Georgia, me prometiera apoyar la política de Lenin y la mía, para luego, al saber que Lenin no tenía salvación pasarse al campo estalinista. La primera vez que volvimos a encontrarnos, Kamenef apresurose a decirme:
         --No tiene usted más que presentarse en público, en la misma tribuna con Zinovief, y el partido reconocerá inmediatamente cual se su verdadero Comité central.
         Aquel optimismo burocrático no pudo por menos de hacerme reír. Por lo visto, Kamenef no daba importancia a toda la labor de desmoralización del partido que el “trío” había venido realizando por espacio de tres años. Así se lo hice notar, sin la menor consideración.
         La depresión de nivel revolucionario, que había comenzado a fines del año 23, o sea después de la derrota de la revolución conjurada sobre Alemania, cobraba contornos internacionales. En Rusia navegaba a velas desplegadas la reacción contra el movimiento de Octubre. La burocracia del partido propendía cada vez más abiertamente a la derecha. En estas condiciones, era pueril pensar que el solo hecho de unirnos, el triunfo se nos caería en las manos como una breva madura.
         --Hay que disponerse a luchar contando con que la campaña será larga – así se lo dije docenas de veces a nuestros aliados. Éstos, en el arrebato del primer momento, no quisieron hacer caso de mis palabras. Y como aquel arrebato no podía durar mucho, su celo de oposición iba marchitándose por días y por horas. Mi amigo Mratchkovski había acertado en su apreciación de las personas: Zinovief acabó por desertar de nuestro campo. Pero no se llevó consigo, ni mucho menos, a todos sus correligionarios. La segunda conversión de Zinovief asestó una herida incurable a la leyenda del “trotskismo”.


León Trotsky.
Mi vida. 
Marxists Internet Archive.