domingo, 22 de marzo de 2020

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





555 EL MUERTO EN INCENDIO

Entramos en un bosque furiosamente quemado,
[violentamente abrasado.
Extraños árboles de pie nos ofrecieron frutos
[llamados ascuas, flores llamadas brasas.
De estos árboles o frutos o flores la quemadura
[es la sustancia, el ojo en llamas:
ascuas florales, quemaduras arbóreas, brasas
[frutales son.
Y había flamencos de carbón que cantaban pavesas.
Sólo al muerto en incendio le es dado ver
[esas canciones.

Óscar Hahn

jueves, 19 de marzo de 2020

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE



EN EL PATIO DEL PADRECITO


«Por donde quiera que fuéramos en Rusia —en Moscú, en Ucrania, en Stalingrado—, el nombre mágico de Georgia surgía constantemente. Gente que nunca había estado allí, y que posiblemente nunca podría ir, hablaba de Georgia con una especie de nostalgia y gran admiración. Hablaban de los georgianos como superhombres, como grandes bebedores, grandes bailarines, grandes músicos, grandes trabajadores y amantes. Y hablaban del país del Cáucaso y de las orillas del Mar Negro como una especie de segundo cielo. De hecho, empezamos a creer que la mayoría de los rusos esperan que si llevan una vida muy buena y virtuosa, cuando mueran no irán al cielo, sino a Georgia. Es un país privilegiado por el clima, de suelo muy rico, y tiene su pequeño océano. Los grandes servicios al Estado se premian con un viaje a Georgia. Es un lugar de recuperación para la gente que ha estado enferma durante mucho tiempo. E incluso en la Guerra fue un lugar privilegiado, porque los alemanes nunca llegaron allí, ni con aviones ni con tropas. Es uno de los lugares que no sufrieron ningún daño. »


John Steinbeck.

Diario de Rusia.

Editorial Capitan Swing.




miércoles, 18 de marzo de 2020

OBITER DICTUM



5 de julio.

Chaumot. Anochecer de julio. El brillo de Venus, que se acuesta después que el sol, atrae a los murciélagos. Están borrachos y a cada instante caen por el aire como por un agujero, pero no llegan a tocar fondo.
      En el canal un marinero, cuya gabarra está inmovilizada por el desempleo, toca el acordeón. Con la cabeza a ras de agua, las ranas le acompañan como pueden; por más que su mujer le diga al perro: «¡Cállate de una vez!», el perro sigue ladrando lo más fuerte que puede. También muge una vaca, pero solo una vez. Los ratones se suman, silban con la esquina de la boca. Pero toda esta música no enturbia la calma del anochecer. Un soplo de aire ligero solo inclina las hojas de hierba más altas.
      El reflejo de la luna llena ilumina la pared del molino.
      El corazón siente una dulzura infinita.


Jules Renard.

sábado, 14 de marzo de 2020

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





PATIO DE LA ACEQUIA


Vi tu rostro en las aguas,
vi en las aguas tu cuerpo
y en cada flor te vi.

Eras. No eras. Canta
el color tu silencio,
la fuente tu perfil.

La inquieta acequia traza
un mocárabe inverso
de estrellas en redil

que una rosa derrama,
que apresa un pensamiento,
que concreta un jazmín.

Quise mirar tu cara,
ver tus labios de besos:
quise beber de ti.

Surtidores y palmas
acunaban mi sueño
sin fin, sin fin, sin fin.


Antonio Carvajal.

martes, 10 de marzo de 2020

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





UN HUEVO EN VEZ DE DOS

Los alemanes hicieron uso copioso de toda la gama de sus proyectiles. Ya a las nueve de la noche los incendios empalidecían la luz de la luna sobre el centro de Londres. A las diez algunos incendios estaban dominados, pero otros levantaban sus llamas hasta las nubes. Aún esta tarde los bomberos seguían trabajando en una de las calles más elegantes de Londres, donde un almacén de ropas hechas y una iglesia no son sino cenizas. El humo, el fragor, los aterradores ecos de la noche estaban todavía suspendidos sobre Londres, cuando en pleno día y a la hora en que los obreros y empleados se dirigen al trabajo, cuatro aviones lograron penetrar hasta el centro de la ciudad, repitiéndose la sinfonía de las bombas y las ametralladoras. Las señales que tras sí ha dejado la tormenta en mi hotel, el tercero al que me he mudado desde que regresé de Irlanda, son la falta de agua esta mañana. Estoy escribiendo la presente información con casco y las cortinas cerradas, porque dos bombas de reloj se han aposentado en los alrededores y pueden estallar de un momento a otro. Los trenes de los suburbios han llegado casi todos con retraso. Sin embargo, la película del tráfico continúa corriendo por Londres y ni siquiera durante las horas en que el ataque era más intenso ayer noche se paralizó totalmente. Los periódicos me esperaban a la puerta esta mañana como siempre y mis zapatos habían sido como siempre lustrados. El desayuno en el hotel sigue siendo el ordinario desayuno inglés, con un huevo en vez de dos.

Augusto Assía.
Cuando yunque, yunque.

Editorial Mercedes.

viernes, 6 de marzo de 2020

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






        MATRIX AND DREAM


Inaudible things, chipped
nightly away:
breath, underground
through winter: well-words
down the quarried light
of lullaby rill
and chasm.

You pass.
Between fear and memory,
the agate
of your footfall turns
crimson
in the dust of childhood.

Thirst: and coma: and leaf—
from the gaps
of the no longer known: the unsigned message,
buried in my body.

The white linen
hanging on the line. The wormwood
crushed
in the field.

The smell of mint
from the ruin.


Paul Auster

martes, 3 de marzo de 2020

OBITER DICTUM






A veces me pongo a pensar que tanto mi padre como la vieja calle de Charleston no sólo han desaparecido físicamente, sino que han desaparecido en sentido absoluto, excepto por un puñado de fotografías y registros oficiales y estos breves recuerdos. El barrio de viejos árboles y destartaladas casas victorianas ha sido arrasado y sustituido por bloques de viviendas de hormigón ceniciento. Cuando muramos yo y otros pocos miembros de la familia que aún quedan, el recuerdo de mi padre y de nuestra familia se extinguirá como si jamás hubieran existido.


Edward O. Wilson

viernes, 28 de febrero de 2020

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





           SENSACIÓN DEL INVIERNO EN LA TIERRA

Al sol le duelen los huesos (el infeliz está resfriado con espanto); a intervalos lleva el pañuelo a las narices, estornuda, y se abre a ras de lo infinito el fabuloso capullo del trueno, los charcos piojentos se entretienen copiando la figura del enfermo más enfermo, y su mirada gris enfría el horizonte.


Los pájaros caen muertos en la jaulas, el azul dinamismo infantil, la alegría del niño, vegetal e inminente, simplísima, juega con sus cadáveres al fútbol, y las secas, lúgubres viejas lamentables deshilan sueños de quince abriles.


Pablo de Rokha.

miércoles, 26 de febrero de 2020

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





EL MAESTRO DE MÚSICA


Una de mis cruces en el pueblo eran las visitas del marido de la maestra, que en otros tiempos había sido maestro de música. Era un hombre de edad, con espesos bigotes grises y unos ojos redondos e inexpresivos jaspeados de blanco, que había nacido en el norte de España. Sentía profundamente la fatalidad de verse exiliado en una aldea bárbara, donde no había ni un café ni un paseo , y apenas se jugaba a las cartas. Para suplir estos esparcimientos me hacía interminables visitas en la presunción de que, como inglés, yo debía también sufrir por ello. Era una de esas personas —de ellas hay muchas en España— que creen que cuantas más veces se diga una cosa más cierta es, y, por eso, siempre que me visitaba su conversación era la misma. Tan pronto como agotábamos el tema de los dolores de cabeza de su mujer y su propio lumbago, comenzaba el tema tópico de las diferencias entre Inglaterra y Andalucía.
—¿Ustedes, en Inglaterra, no gozan mucho del sol?
—No, don Eduardo; muy poco.
—¿Siempre está lloviendo?
—Sí, casi siempre.
—¿Y hay niebla?
—Sí, hay niebla.
—Sin embargo, ¿pueden ustedes cultivar naranjas?
—No, hace demasiado frío para eso. Nuestras frutas son sólo las manzanas y las ciruelas.
—Y, naturalmente, aceitunas.
—Desafortunadamente, no. Las aceitunas necesitan sol.
—Eso sí que es raro. Siempre había oído decir que, gracias a las corrientes cálidas del golfo de México, eran ustedes capaces de cultivar plantas de climas meridionales.
—Ni una.
—Pero seguramente tendrán higueras.
—Sí, en algunos sitios; pero por lo general su fruto no madura.
—¡Ah!, de manera que higueras. Ya me imaginaba…, ¿y también tienen ustedes almendros?
—No, en absoluto.

Gerald Brenan.

Al Sur de Granada.
Tusquets  Editores.