domingo, 4 de noviembre de 2018

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA




CADÁVERES DEL HOTEL MEMORIA


Algunas veces, los cadáveres desvanecidos en un hotel de aquel lejano tiempo de cenizas atónitas retornan de su pudridero, desconcertados, para reclamarne la liquidación de madrugadas perezosas y amaneceres renqueantes por acantilados atronadores.

Ayer regresaron: lánguidos, grotescos, desmantelados e inconcebibles. Mi voluntad, cocodrilo lóbrego, niña extraviada por los polvorientos rumores que propaga la pólvora bastarda se llena de bandadas de vocablos encapotados por pájaros taciturnos; frases de un mar precoz y amenazante.

Ese paisaje de miradas acusadoras y días que nadie vivió es el puente que nunca cruzo, siempre quebrado, siempre ciego, siempre plomizo, siempre crónico, siempre atropellado, siempre esteril, siempre mudo, en las playas de tu cama siempre en penumbra. Siempre entre la nada.

                                                                Baldomero Dreira.

                                                           

sábado, 3 de noviembre de 2018

OBITER DICTUM






"A pesar del importante papel que la guerra jugó en la construcción de los estados europeos, los viejos estados nacionales de Europa casi nunca experimentaron la gran desproporción entre la organización militar y el resto de formas de organización que parecen destinados a soportar los estados satélite por todo el mundo contemporáneo. Hace un siglo, los europeos deberían haberse felicitado por la propagación de los gobiernos civiles por todo el mundo. En la actualidad, la analogía entre la guerra y la construcción del estado, por un lado, y el crimen organizado, por otro, se está convirtiendo en una trágica tendencia.”


Charles Tilly

viernes, 2 de noviembre de 2018

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





Miro mi desnudez. Contemplo

la aparición de las heridas blancas.



Envuelto en sábanas mortales,

bebo en las aguas femeninas

la dulzura y la sombra.

                          Antonio Gamoneda.

martes, 30 de octubre de 2018

ALLÁ EN LAS INDIAS





LAMPUNAS Y CHONOS


       “Saliendo, pues, de la ciudad de Guayaquil para la mar en una marea o poco más, menguante, se llega a la isla Lampuna, cuyo nombre corrompido llaman la Puna, cuyos indios fueron belicosos mucho; comían carne humana; era bastantemente poblada. Produce oro y mucha comida; toda su costa es abundantísima de pescado. Produce también cantidad de sabandijas ponzoñosas, culebras, víboras y otros animales; por la costa della, particular la que mira la tierra, se ven muchos caimanes; dista de la tierra firme poco más de ocho leguas. Estos indios se comieron al primer obispo que hobo en estos reynos, llamado Fray Vicente de Valverde, religioso de nuestra sagrada Orden, con otros españoles; fue obispo de más tierra que ha habido en el mundo, porque desde Panamá hasta Chile se prolongaba por mar y por tierra su obispado. Era fama en aquella isla haber un tesoro riquísimo que los indios tenían escondido; despachóle el Marqués Pizarro desde la ciudad de Los Reyes con poca gente para que lo descubriese y sacase; los indios eran recién conquistados; los cuales, recibiendo a nuestro obispo y a los que con él iban, de paz, y sabiendo a lo que venían, los descuidaron, y descuidados dan en ellos, mátanlos y cómenselos; por esto son afrentados de los indios comarcanos, llamándoles perros Lampuna, come obispo. Estos indios son grandes marineros, tienen balsas grandes de madera liviana, con las cuales navegan y se meten en la mar a pescar muchas leguas; vienen a Guayaquil con ellas cargadas de pescado, lizas, tollos, camarones, etc., y suben al desembarcadero que dejamos dicho del rio de Guayaquil; cuando en este rio se encuentran estos indios con los Chonos, se afrentan los unos a los otros; los Chonos dícenles; «¡ah!, perro Lampuna, come obispo!» Los Lampunas: «¡ah!, perro Chono, cocotarro!»; notándolos del vicio nefando; ésto vi y oí.”


Reginaldo Lizárraga. 
Descripción Colonial.

viernes, 26 de octubre de 2018

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






       EN UN CAFÉ


He vuelto ahora sin saber por qué
a estar triste más triste que un tintero
Triste no soy o si lo soy no sé
la maldita razón porque no quiero

He vuelto ahora sin saber por qué
a estar triste en las calles de mi raza
He vuelto a estar más triste que un quinqué
más triste que una taza

Estoy sentado ahora en un café
y mi alma late late
de sed de no sé qué
tal vez de chocolate

No quiero esta tristeza medular
que nos da un golpe traidor en una tarde
Pide cerveza y basta de pensar
El cerebro está oscuro cuando arde.


Carlos Edmundo de Ory

lunes, 22 de octubre de 2018

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




LA MUERTE DE MI PADRE


19 de junio de 1897

"Al llegar a la casa veo a mamá en la calle. Grita:«¡Jules! ¡Oh, Jules!». Oigo: «¿Por qué se ha encerrado con llave?». Parece una loca. Un poco más nervioso que antes, trato de abrir la puerta. Imposible. Llamo: no responde. No adivino nada. Imagino que se encuentra mal, o que está en el jardín. Doy unos golpes con el hombro, y la puerta cede.Humo y olor a pólvora. Grito: 
--¡Oh! ¡Papá, papá! ¿Qué has hecho? ¡Oh, oh!
Y sin embargo, aún no me lo creo: ha querido gastarnos una broma. Y no creo en su rostro blanco, en su boca abierta, en esa mancha negra, ahí, junto al corazón.
Borneau, que volvía de Corgigny, y que entró el segundo en la habitación, me dice:
--¡Hay que perdonarle! Este hombre sufría demasiado.
¿Perdonar qué? ¡Vaya idea! Al fin comprendo, pero no siento nada. Voy al patio y le digo a Marinette, que ha levantado a mamá del suelo:
--¡Se acabó! ¡Ven!
Entra, tiesa, toda pálida, y mira de hurtadillas hacia la cama. Se ahoga. Se suelta el corsé. Puede llorar. Refiriéndose a mi madre, dice:
--No la dejéis entrar. Está como loca.
Me quedó a solas con él. Está echado sobre la espalda, las piernas extendidas, el busto inclinado, la cabeza caída, la boca y los ojos abiertos. La escopeta entre las piernas y el bastón entre la cama y la pared. Las manos, libres, dejaron caer la escopeta y el bastón. Aún estaban calientes sobre la sábana, no crispadas. Un poco más arriba de la cintura, una mancha negra, algo como una pequeña hoguera apagada."

Jules Renard. 
Diario. 
Penguin Random House Grupo Editorial.

jueves, 18 de octubre de 2018

OBITER DICTUM





“Así se me quedó grabada esa, mi primera visión de la burguesía durante la Revolución: las orejas, ocultas bajo los gorros, las almas, ocultas tras los abrigos, las cabezas, ocultas en los cuellos, los ojos, ocultos tras los cristales. Una enceguecedora – al encenderse la cerilla – visión del pellejo.”


Marina Tsvietáieva

lunes, 15 de octubre de 2018

OBITER DICTUM





«El atrio enverjado del costado poniente dejaba ver un jardín lateral con el mercado de flores, anexo sobre la calle de las Escalerillas. Ramos de claveles, manojos de rosas recién abiertas, refrescadas con finas gotas de agua que semejan el rocío; gardenias de carne blanca y aroma intenso, violetas fragantes, amapolas como llamas, lirios de rojo y gualda o de azul violáceo, begonias en macetas, tulipanes vistosos, pensamientos aterciopelados, dalias cárdenas, crisantemos y azucenas; flora de todos los climas gracias a la meseta sin estaciones y a la inexhausta fecundidad de la costa inmediata.»

José Vasconcelos.

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






Han instalado el cinematógrafo en cubierta. Pasan un film musical en colores. Están los españoles de la orquesta, el borracho hablando de cummings y de su novia en Teherán, creo que el de las llaves.

El cocinero dijo: “el Adana pasará entre las ensalada y el postre”.

Se dijeron adiós mientras tocaban el himno. Quedó el olor de los pasteles quemados.

Se me hizo tarde.


Severo Sarduy.

viernes, 12 de octubre de 2018

OBITER DICTUM






Recordé el consejo que me había dado el alcalde de Bruchsal, y en cuanto llegué a aquel pueblecito busqué al Bürgermeister («burgomaestre»). Le encontré en el Gemeindeamt («oficina municipal»), donde redactó una nota. La presenté en la hostería: me daba derecho a una cena y una jarra de cerveza, una cama para pasar la noche, pan y un tazón de café por la mañana, todo ello a cuenta de la parroquia. Ahora me parece asombroso, pero tal era el trato que me daban, y nunca lo hacían rezongando; siempre era objeto de una bienvenida amistosa. No sé cuántas veces me aproveché de esa costumbre generosa y, al parecer, muy antigua, que se mantenía en Alemania y Austria, tal vez superviviente de una añeja prestación caritativa de ayuda a estudiantes errantes y peregrinos, ahora extendida a todos los viajeros pobres.

Patrick Leigh Fermor.