martes, 12 de agosto de 2014

Y ÓBOLO BAJO LA LENGUA






     SUEÑO DE SUEÑOS


Secreta noche herida de menguante
cae donde no hay agua ni tierra.
Marcha a cortar el filo de la luna,
mis raíces, que están donde no estuve.

...Traerán mi corazón, negra violeta
que se durmió en la orilla de otro sueño.
Lo he de llamar y no sabrá su nombre.
Me ha de cantar, y no he de comprenderle.

Y llevaré, camino en mediodía
de veinte cielos con opuestos soles,
mi angustia en veinte voces sin mi sangre.

He de llorar mil años sin mi llanto
y he de dormir mil años sin mis ojos
noche con veinte pétalos de luna.


Josefina Pla

domingo, 10 de agosto de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




UNA MIRADA EN LA CASA BLANCA


“La primera vez que le vi fue al comienzo de su primer período presidencial. Acababa yo de llegar a Washington procedente de la costa del Pacífico, siendo un forastero y un perfecto desconocido para el público, y una mañana, al pasar frente a la Casa Blanca, coincidí con un amigo que era entonces senador por Nevada. Me preguntó si quería ver al Presidente. Respondí que me encantaría; así pues, entramos. Supuse que el máximo dignatario se hallaría rodeado de una muchedumbre, que podría observarle con calma y seguridad desde la distancia, igual que otro gato vagabundo contemplaría también a otro rey. Mas era media mañana, y el senador aprovechó un privilegio de su cargo que nunca había oído mencionar: el de irrumpir en el despacho del primer magistrado del país en horas laborables. Antes de que me diera cuenta, mi amigo el senador y yo estábamos en su presencia, y no había nadie más que nosotros tres. El general se levantó despacio de detrás de su escritorio, posó la pluma en la mesa y se plantó ante mí con la acerada expresión de quien no ha reído en siete años ni tiene, tampoco, la intención de hacerlo en los siete venideros. Me miró fijamente a los ojos, unos ojos que habían perdido la confianza y se retrajeron. Nunca me había enfrentado a un gran hombre, y me sumí en un mísero estado de amilanamiento e ineptitud. El senador dijo:
        --Señor  Presidente, tengo el honor de presentarle al señor Clemens.
        El Presidente apretó mi mano con gesto adusto y la soltó. No emitió una sola sílaba, continuó inmóvil delante de mí. Yo, turbado como estaba, no sabía qué decir, tan sólo deseaba retirarme. Se produjo una tensa pausa, una pausa agobiante, horrible. De pronto acudió a mis mientes la inspiración y, alzando la vista hacia aquella faz imperturbable, balbuceé tímidamente:
        --Señor Presidente, estoy muy azorado. ¿Lo está usted también?
        Siete años antes de tiempo brilló en su semblante un fugaz destello, el resplandor de una sonrisa tan pasajera como un relámpago de estío; me despedí y me fui con la misma prontitud que ella.
        Transcurrieron dos lustros antes de que le viera por segunda vez. Entretanto había aumentado mi popularidad, y fui una de las personas designadas para contestar a los brindis en el banquete con que el ejercito de Tennessee obsequiaba en Chicago al general Grant, a su regreso de una gira alredor del mundo. Llegué a la ciudad entrada la noche, y me levanté tarde. Todos los pasillos del hotel estaban atestados de gentes que aguardaban para ver, o cuando menos atisbar, al general cuando los atravesara en dirección de la estancia desde donde presidiría el gran desfile. Me abrí camino a través de una sucesión de salas atiborradas y, ya en una esquina del edificio, descubrí un ventanal abierto frente a un espacioso estrado, decorado con banderolas y alfombrado. Subí a su cúspide, me asomé y divisé a mis pies a millones de personas obstruyendo las calles, y unos millares más amontonadas en las ventanas y azoteas de todas las casas del entorno. Tales masas me tomaron por el general Grant, y estallaron en volcánicas efusiones y vítores; pero era una excelente atalaya desde donde seguir la parada, y me quedé. Al rato oí los distantes clamores de una marcha militar, y avisté calle arriba la primera línea del desfile forjándose una brecha entre las enardecidas multitudes, con Sheridan, la figura más marcial de la guerra, cabalgando a la cabeza embutido en el uniforme de gala de un teniente general.
        De repente el general Grant y el alcalde, Carter Harrison, ascendieron codo con codo a la plataforma, escoltados en sendas filas de a dos por los muy condecorados y uniformados miembros del comité de recepción. El general tenía exactamente el mismo aspecto que en aquella embarazosa situación de dos lustros atrás: era una imagen hecha de hierro, bronce y aplomo. El señor Harrison fue a mi encuentro, me condujo hasta el general y me presentó formalmente. Antes de que atinara a verbalizar la observación apropiada, el dignatario me dijo, con aquella risita que se adelantó siete años centelleando de nuevo en su rostro:
        --Señor Clemens, yo no estoy azorado. ¿Y usted?
        Han pasado desde entonces diecisiete años más, y hoy, en Nueva York, las calles son un hervidero de personas que se apretujan unas contra otras para rendir honores a los despojos del excelso soldado en el traslado a su última morada, bajo el monumento; resuenan en el aire salmos religiosos y salvas de artillería, y millones de americanos piensa en el hombre que instauró la Unión y la bandera, además de insuflar en el gobierno democrático un nuevo soplo de vida y darle, así lo creemos y los esperamos, un lugar permanente entre las más beneficiosas instituciones de la humanidad.”


Mark Twain. Viaje alredor del mundo… Ediciones Laertes

miércoles, 6 de agosto de 2014

OBITER DICTUM






El hotel era grande. De su pileta interior recuerdo mármoles, mosaicos, humedad y luz eléctrica. En el bar solía haber señores en traje de brin blanco, que descansaban en sillones de mimbre, entre palmeras en macetas de cobre. Los frescos de las paredes del comedor, que representaban a caballeros y damas paseando por explanadas de otras ciudades termales, estimulaban mi imaginación. También la estimulaban los animales embalsamados que había en un pasillo, entre dos salones: un gran cóndor, con las alas abiertas, y un puma. El personal del hotel me aseguraba que en la zona abundaban esos animales prestigiosos. 


Adolfo Bioy Casares

lunes, 4 de agosto de 2014

Y ÓBOLO BAJO LA LENGUA






Me voy...


Me voy
a Beulah
a Beulah
me voy
a mirar
al viejo
rabí
bailar
alrededor
del castaño
alrededor
del pozo
del aprisco
del lecho
de Betsabé:
fuente
de luz
fuente
de piedad,
zarza
ardiente
su pelo,
zarza
ardiente
los ojos:
ya va a
girar.
Y miro
y miro
la rueca
la veleta,
tornasol
el agua
tornasol
las hojas.
A Beulah
llegó el
rabí:
nada
escapa a
su mirada
recta,
recta:
obra
primera
del Juicio
Final.
Y me llama
a Beulah
a Beulah
me llama:
a dar la
vuelta
alrededor
del ascua,
la ceniza,
aro del
último
fuego
carnal:
se detuvo.
A mis pies
reverbera
un caftán,
sombrero
de castor,
manto y
filacterias.
Me inclino.
Me sobrecojo.
Alzo
el viejo
espejismo
del lago,
arena
y ceniza
se deslizan
entre mis
dedos.
Beulah
Beulah
el viejo
rabí una
llamarada,
ascua en
la escala.


José Kozer.

sábado, 2 de agosto de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




GINEBRA

En un bar, para inducir y mantener el ensueño, hay que tomar ginebra inglesa. Mi bebida preferida es el dry-martini. Dado el papel primordial que ha desempeñado el dry-martini en esta vida que estoy contando, debo consagrarle una o dos páginas. Al igual que todos los cócteles, probablemente, el dry-martini es un invento norteamericano. Básicamente, se compone de ginebra y de unas gotas de vermut, preferentemente «Noilly-Prat». Los buenos catadores que toman el dry-martini muy seco, incluso han llegado a decir que basta con dejar que un rayo de sol pase a través de una botella de «Noilly-Prat» antes de dar en la copa de ginebra. Hubo una época en la que en Norteamérica se decía que un buen dry-martini debe parecerse a la concepción de la Virgen. Efectivamente, ya se sabe que, según santo Tomás de Aquino, el poder generador del Espíritu Santo pasó a través del himen de la Virgen «como un rayo de sol atraviesa un cristal, sin romperlo». Pues el «Noilly-Prat», lo mismo. Pero a mí me parece una exageración.
Otra recomendación; el hielo debe ser muy duro, para que no suelte agua.
No hay nada peor que un martini mojado.
Permítaseme dar mi fórmula personal, fruto de larga experiencia, con la que siempre obtengo un éxito bastante halagüeño.
Pongo en la nevera todo lo necesario, copas, ginebra y coctelera, la víspera del día en que espero invitados. Tengo un termómetro que me permite comprobar que el hielo está a unos veinte grados bajo cero.
Al día siguiente, cuando llegan los amigos, saco todo lo que necesito. Primeramente, sobre el hielo bien duro echo unas gotas de «Noilly-Prat» y media cucharadita de café, de angostura, lo agito bien y tiro el líquido, conservando únicamente el hielo que ha quedado, levemente perfumado por los dos ingredientes. Sobre ese hielo vierto la ginebra pura, agito y sirvo. Eso es todo, y resulta insuperable.
En Nueva York, durante los años cuarenta, el director del Museo de Arte Moderno me enseñó una versión ligeramente distinta, con pernod en lugar de angostura. Me pareció una herejía. Además, ya ha pasado de moda.
Si bien el dry-martini es mi favorito, yo soy el modesto inventor de un cóctel llamado «Buñueloni». En realidad, se trata de un simple plagio del célebre «Negroni»; pero, en lugar de mezclar «Campari» con la ginebra y el «Cinzano» dulce, pongo «Carpano».
Ese cóctel lo tomo preferentemente por la noche, antes de sentarme a cenar. También en este caso, la presencia de la ginebra, que domina en cantidad sobre los otros dos ingredientes, es un buen estímulo para la imaginación.
¿Por qué? No lo sé. Pero doy fe.
Como seguramente habrán comprendido ya, yo no soy un alcohólico. Desde luego, toda mi vida ha habido veces en las que he bebido hasta caerme; pero casi siempre se trata de un ritual delicado que no te lleva a la auténtica borrachera, sino a una especie de beatitud, de tranquilo bienestar, acaso semejante al efecto de una droga ligera. En algo que me ayuda a vivir y a trabajar. Si alguien me preguntara si alguna vez en toda mi vida he conocido el infortunio de carecer de alguna de mis bebidas, le diría que no recuerdo que eso me haya ocurrido. Siempre he tenido algo que beber, ya que siempre he tomado precauciones.
Por ejemplo, viví cinco meses en los Estados Unidos en 1930, durante la época de la Ley Seca y, que yo recuerde, nunca había bebido tanto. Tenía en Los Ángeles un amigo traficante —lo recuerdo muy bien, le faltaban tres dedos de una mano— que me enseñó a distinguir la ginebra verdadera de la falsificada. Bastaba agitar la botella de un modo especial: la ginebra verdadera hacía burbujas.
También se encontraba whisky en las farmacias, con receta, y en determinados restaurantes se servía vino en tazas de café. En Nueva York, yo conocía un buen speak-easy («hablen bajo»). Llamabas a la puerta de un modo especial, se abría una mirilla, entrabas rápidamente y, dentro, encontrabas un bar como cualquier otro, en el que había de todo.
La Ley Seca fue realmente una de las ideas más absurdas del siglo. Bien es verdad que, en aquella época, los norteamericanos se emborrachaban como unas cubas. Después, creo yo, aprendieron a beber.”



Luis Buñuel. Mi último suspiro. Random House Mondadori.

viernes, 1 de agosto de 2014

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






    TATTOO


The light is like a spider.
It crawls over the water.
It crawls over the edges of the snow.
It crawls under your eyelids
And spreads its webs there--
Its two webs.

The webs of your eyes
Are fastened
To the flesh and bones of you
As to rafters or grass.

There are filaments of your eyes
On the surface of the water
And in the edges of the snow.


                          Wallace Stevens

jueves, 17 de julio de 2014

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






EN PAISAJE DE ELEFANTES


Hay novelas que nos aplastan
contra el pavimento calcinado.

Aplastan el aire que nos rodea.
Avanzan como elefantes
taciturnos por el secarral
mortecino de la gramática.

Arde la ciudad sin remedio ni razón.
Aguardan los verdugos el conocimiento.
Nos aplastan los capítulos en llamas.
Patalea irritado el humo de los prólogos.

Avanzan los elefantes escasos de aguardiente.

Y en el río,
que agoniza bajo un sol
de plomo atómico, pacen
algunas páginas aburridas y agarrotadas
en la estantería repetida del mediodía.

                                                                              Adelina Aller

martes, 15 de julio de 2014

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





TABACO


Los “smokingrooms”.

“Cuando vengan  ustedes ·a Londres y vean en algún departamento de cualquier restaurant un letrero que dice Smokingroom, no hagan ustedes lo que un amigo mío que, como estaba de americana, no se atrevió a entrar. Smoke significa humo, y Smoking, humeando, y Smokingroom habitación humeante. Por supuesto que este humo es humo de tabaco. Todas las habitaciones de Londres están llenas en esta época de humo de carbón, y, sin embargo, no todas son smoking-rooms. Si ustedes añaden en alguna de ellas una bocanada de humo de tabaco al humo de la chimenea, tendrán que pagar cuarenta chelines de multa.
Acabo de leer un artículo muy curioso sobre la .prohibición de fumar en los ferrocarriles ingleses. Resulta que sólo un dos y medio por ciento del promedio de viajeros pertenece a la categoría de no fumadores. Sin embargo, en trenes de cincuenta vagones no suele haber más de dos departamentos smoking. Estos dos departamentos se llenan inmediatamente, y 1a mayoría de los fumadores tienen que sacrificarse en aras de unos no fumadores hiperbólicos.
¡Con lo largos, con lo aburridos que son los viajes en ferrocarril! ¡Cuando hasta el mayor enemigo del tabaco le pediría un pitillo al vecino de enfrente para matar el tiempo¡!Es absurdo, pero es así: Al hacer el reglamento de ferrocarriles, los ingleses han supuesto una mayoría de no fumadores. Esta mayoría no existe, pero debiera existir.
Ya que no tenga existencia real, se le ha dado una existencia legal, y, como los ingleses son tan respetuosos de la  ley, se echan al coleto viajes de quince horas sin encender un pitillo, para no molestar a un no fumador inexistente. ¡Civismo admirable que sólo se ve en Inglaterra!
En España y en Francia, un departamento es de fumadores o de no fumadores, según esté o no ocupado por personas que fumen.
Yo hice un viaje de París a Dieppe, bajo la etiqueta de no fumadores; y, sin embargo, encendí un pitillo. Ningún francés protestó; pero un  inglés  que estaba enfrente de mí, me llamó la atención. Yo no tuve más remedio que arrojar el pitillo por la ventanilla. El inglés, muy contento, se arrellanó y se puso a dormitar. A la media hora roncaba. ¡Con qué satisfacción le dí una palmadita en el hombro!
--Perdone usted. Está usted roncando.
--Es que tengo un perfecto derecho a dormir.
--Tiene usted derecho a dormir, pero no lo tiene usted a roncar. Váyase usted. a un departamento de·roncadores.
--Yo no molesto a nadie.
--Molesta usted a todo el  mundo.
Los franceses se pusieron de mi parte. El inglés dijo que no roncaría, pero que dormiría. Cinco minutos después roncaba como un elefante.
--Espece d'artiste-- le dije. Acaba usted de soltar un do de pecho.
El inglés se moría de sueño, pero no pudo dormir. Seguramente, el acto de roncar le producía a él un placer mucho más intenso del que me hubiera producido a mí el acto de fumar. Sin embargo, dejó de roncar para que yo no fumase. Llegamos a Dieppe y nos embarcamos. Yo instalé mis bártulos en un camarote y subí a cubierta. El inglés, despejado con los aires del mar, estaba allí fumando una pipa. El humo del tabaco no le molestaba absolutamente nada. Si había protestado de mi pitillo no había sido por  él, sino por el no fumador hipotético. Ante todo, la observancia de las leyes.
El autor del artículo a que he aludido antes protesta contra la prohibición de fumar que existe para los viajeros no sólo en los coches, sino en las salas de espera, en las cantinas de las estaciones y en todas partes. A mí un inglés que protesta me parece siempre muy original.
--¡Poor lady Nicotine!-- dice el articulista. Y el caso es que el tabaco es un gran estimulante del idealismo, y que en este sentido convendría mucho protegerlo aquí.
Lady Nicotina, como otras muchas ladys, no menos voluptuosas, tiene infinidad de adoradores en Inglaterra, pero legalmente se supone que no. Con que no se fume de un modo oficial., para los ingleses es como si no se fumara. Y así sucesivamente.”


Julio Camba. Londres. Renacimiento.

domingo, 13 de julio de 2014

OBITER DICTUM






"Santiago, 16 de diciembre de 1861.

Mi querido Manolo: Hemos llegado a ésta ayer domingo, a las ocho de la noche, sin novedad particular, aunque llenas de aburrimiento y cansancio.
Ahora vamos a otra cosa. En Santiago hace un frío espantoso y apareció a mis ojos tal cual lo he descrito en Mauro. Jamás he visto tanta soledad, tanta tristeza, un cielo más pálido. En cambio, La Coruña estaba hermosísima. Una temperatura de primavera y un sol brillante. Estaba por quedarme ya en ella. Si aquí me fuese mal, allá me iba, pues ya tenía un sitio muy bueno, y bien amueblado, donde por tres duros al mes me ponían servicio, habitación y planchado. Lo demás está tan caro en Santiago como en La Coruña.
         Por ahora me encuentro aquí en extremo descontenta. Santiago no es ciudad; es un sepulcro. No vayas a creer, sin embargo, que ya tengo melancolía, que voy a enfermar. Nada de eso. Sólo tengo una pequeña indisposición al vientre efecto del viaje. Por lo demás, estoy bien. Mamá y la niña también están buenas, gracias a Dios.”


Rosalía de Castro.