martes, 13 de septiembre de 2011

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA











UNE MAISON PEU SOLIDE


Le gardien des travaux
est victime de son dévouement


Depuis longtemps le mode de construction d’un immeuble situé rue des Martyrs était jugé déraisonnable par les gens du quartier. Rien n’apparaissait encore de la toiture que déjà des peintres et les tapissiers entreprenaient de décorer les appartements. De nouveaux échafaudages étayaient tous les jours la façade chancelante, au grand trouble des passants que le gardien des travaux rassurait. Hélas ! celui-ci devait payer son optimisme de la vie puisqu’hier, à midi trente, alors que les ouvriers étaient allés déjeuner, la bâtisse s’effondrait, l’ensevelissant sous les décombres.

Un enfant, trouvé évanoui sur les lieux du sinistre, ne fut pas long à reprendre connaissance. C’est le jeune Lespoir, 7 ans, que l’on reconduisit bien vite à ses parents. Il avait eu plus de peur que de mal. Il commença par réclamer la trottinette sur laquelle il s’était élancé du haut de la rue. Le garçonnet, raconte qu’un homme avec un bâton s’étant précipité vers lui en criant « Gare ! » il avait voulu s’enfuir. C’est tout ce dont il se souvient. On sait le reste. Son sauveur, bien connu de l’entourage sous le nom de Guillaume Apollinaire, pouvait avoir une soixantaine d’années. Il avait gagné la médaille du travail et ses compagnons l’estimaient.

Quand pourrons-nous donner la clé de ce mystère ? On recherche, en vain jusqu’à présent, l’entrepreneur et l’architecte de la maison penchée. L’émotion est considérable.

À Tristan Tzara.

André Bretón.

domingo, 11 de septiembre de 2011

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE




VER O NO VER


“Alrededor del Reichstag se ha estacionado desde primera hora de la mañana una gran muchedumbre. No demasiada, ni demasiado entusiasta. Paciente, eso sí. Estos miles de personas se han plantado en la plaza de la República a las diez de la mañana, es la una, y esperan todavía. En la gran escalinata que da acceso al palacio, unas charangas y unos coros entretienen a la multitud con el “Deutschland, Deutschland über alles”, mientas en el salón de sesiones Müller pronuncia el discurso de conmemoración.
En la sala, muchos chaqués y muchos sombreros de copa. Ya se sabe: cuando en un local de Alemania se ven muchos chaqués y muchos sombreros de copa, es que aquél no es un sitio de buen tono.
Los militantes de la Bandera Alemana –en Alemania hay que decir siempre militantes--, circulan entre la multitud repartiendo banderitas de la República e insignias republicanas. La multitud aguarda pacientemente bajo un solazo que hace agua los sesos de estos alemanes, con el cráneo afeitado y el sombrero en la mano. Ya se han llevado a cinco o seis entusiastas republicanos con síntomas de congestión por el calor cuando termina la sesión, en la que se repetido una vez más que la República ha salvado al Imperio y que la sombra de Bismarck está obligada a sentir ciertas veleidades republicanas en vista de ello. El presidente Hindenburg sale del Reichstag acompañado de los miembros del Gobierno y de una gran masa de diputados, pero inmediatamente detrás de él forma una muralla la guardia de Seguridad. La multitud lanza los tres “hoch, hoch, hoch” reglamentarios y agita las banderitas republicanas un poco más entusiasmada ante la presencia del viejo caudillo.
El presidente pasa revista a las tropas que han acudido a rendirle honores. Pero la revista que el presidente Hindenburg pasa a los soldados no se parece a la revista de ningún otro presidente. Hindemburg, a medida que los soldados de la República desfilan ante él, les cuenta los botones de la guerrera, mide la inclinación de los fusiles y advierte el rumor de una pisada un cuarto de segundo más adelantada o retrasada que las otras. Es fatal. El viejo no puede haber olvidado tan pronto su oficio.
Esta de la conmemoración de la constitución de Weimar se aspiraba a que fuese la gran fiesta cívica de Alemania. Poco a poco se van consiguiendo. Cada año, el aspecto de Berlín, el de agosto, es más animado. No será nunca el 5 de julio de París, pero ya hay en las calles, el día que se conmemora la República, un alborozo civil que hace unos parecía imposible provocar en Alemania. Algunos alemanes se creen en el caso de disculparse:
--La República está creando poco a poco tantos intereses, da de comer a tanta gente…-- nos dicen como justificación.
A medida que avanza el día y correteo de un lugar para otro en busca de los lugares donde se conmemora la Constitución, deseoso de hallar una sensación neta del sentimiento republicano de los alemanes, voy convenciéndome de que efectivamente, la República tiene ya una fuerza casi indestructible. Sin embargo, el que no es alemán no encontrará esto bastante republicano, desconfiará siempre. Y es que nuestro republicanismo tiene otro tono, otra manera de manifestarse. Por la noche, he asistido a la función celebra en el Teatro de la Ópera. Se han cantado unos salmos, unos himnos y unos trozos de Handel. Magníficos, imponentes, pero para un latino, poco republicanos. El tono de la República alemana a nosotros nos parece demasiado grave, excesivamente profundo y melancólico. Es que no concebimos el fervor y mucho menos el fervor republicano en este tono germánico.
A las diez de la noche se han puesto en marcha, a través de Berlín, las manifestaciones republicanas organizadas ante el edificio del Reichstag. Son cinco o seis, compuesta cada una por diez o doce mil personas, y parten todas, en forma de estrella, desde el Reichstag hacia la periferia de Berlín. El espectáculo de estas manifestaciones e curiosísimo para nosotros
Consisten en el desfile de una serie de agrupaciones adictas a la República, cada una con su bandera y su charanga; en cuanto tienen un pretexto, los miembros de estas agrupaciones se ponen un uniforme, y si no un uniforme completo, algo que lo recuerde. Los manifestantes van de cuatro en cuatro, marcando el paso y guardando las distancias. Llevan hachones encendidos y de tiempo en tiempo los levantan en alto rítmicamente, mientras vitorean a la República.
Las gentes que componen estos cuadros de manifestantes, en todo idénticos a los pelotones de una tropa cualquiera, son emocionantes. Todo el que tiene vivo el sentimiento republicano se siente en el deber de manifestarlo sumándose a esta retreta, y así desfilan unidos a su grupo correspondiente los tipos más extraños. Una viejecita con su cofia grotesca, que va pegando saltitos para seguir el compás de las piernas fuertes de los tres mocetones que le han tocado en su fila; un padre de familia con su esposa y sus vástagos, un novio, con el brazo cruzado por el talle de su novia; un paralítico, en su carricoche; cojos terribles, que desafían el ridículo de su cojera entre las filas marciales ante el íntimo deber de contribuir a la manifestación… Es sencillamente emocionante.
Durante todo el trayecto, las charangas, dirigidas por el pomposo bastón de borlas del tambor mayor, van tocando sus marchas germánicas; tocan también, incansables, las bandas de música, formadas por pacíficos burgueses de vida sedentaria, que sobre el tambor de su barriga se cuelgan otro patriótico tambor, y cantan sus himnos todas las agrupaciones.
Las masas de manifestantes toman de pronto un aire procesional solemnísimo al desfilar los estudiantes. Me dicen que es la primera vez que los estudiantes se suman a la conmemoración de la República con una nutrida representación. Muy serios, con sus gorritas absurdas, sus levitas, sus cortes en la cara, sus pantalones blancos y sus botas altas de montar provistas de espuelas, los estudiantes de Berlín se han adherido, al fin, de un modo brillante a la República, y no sin cierto airecillo arisco, desfilan bajo sus enormes banderas altas como mástiles de navío. Esta mascarada grotesca de los estudiantes alemanes es seguramente muy pintoresca pero poco simpática.
Y así, media hora, una hora… los millares de personas que el último año han figurado en las manifestaciones republicanas ha superado en el doble a la de los años anteriores. En las calles habrá, además, muchos miles de personas que, seguramente, habían salido un poco escépticas todavía, y al volver a sus casas habrán ido pensando que fatalmente Alemania es ya republicana.
Pero, en fin, todavía esto no es el 4 de julio. Ni probablemente lo será nunca.”


Manuel Chaves Nogales.

La vuelta a Europa en avión. 

Editorial Mundo Latino.

viernes, 9 de septiembre de 2011

OBITER DICTUM





Un ímpetu deportivo hace desear a todos los alumnos de las clases de Historia ser españoles del siglo XVI, ingleses del siglo XVIII, franceses de Austerlizt; ese mismo entusiasmo nos hace desear ahora, al menos por unos instantes, ser americanos. ¿Quién no adora la victoria? Y sin embargo…


Paul Morand

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA




      ROSA DE SANATORIO


Bajo la sensación del cloroformo
me hacen temblar con alarido interno,
la luz de acuario de un jardín moderno.
y el amarillo olor del yodoformo.

Cubista, futurista y estridente,
por el caos febril de la modorra
vuela la sensación, que al fin se borra,
verde mosca, zumbándome en la frente.

Pasa mis nervios, con gozoso frío,
el arco de lunático violín;
de un si bemol el transparente pío

tiembla en la luz acuaria del jardín,
y va mi barca por el ancho río
que divide un confín de otro confín.


                      Ramón María del Valle-Inclán

martes, 6 de septiembre de 2011

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE



DE DONCASTER A MANLY


Puerto de Sydney

“En el ferry que nos traía de regreso de Manly, una viejecilla me oyó hablar.
         --¿Usted es inglés, verdad?—preguntó, con acento inglés del norte.—Me doy cuenta de que lo es.
         --Lo soy.
         --Yo también.
         Usaba unas gafas de cristales gruesos, con montura metálica, y un simpático sombrero de fieltro con un atisbo de tul azul sobre el ala.
         --¿Está visitando Sydney?—le pregunté.
         --¡No, por amor de Dios!—respondió.—Resido aquí desde 1946. Vine a vivir con mi hijo, pero sucedió algo muy extraño. Cuando llegó el barco, él había muerto. ¡Imagínese! ¡Yo había vendido me casa de Doncaster, así que pensé que lo mejor sería quedarme! Entonces le pedí a mi segundo hijo que viniera a vivir conmigo. Y el vino… emigró… ¿y sabe una cosa?
         --No.
         --Murió. Tuvo un ataque al corazón, y murió.
         --Es horrible—comenté.
         --Había tenido un tercer hijo—prosiguió.—Había sido mi favorito, pero había muerto en la guerra, en Dunkerque, ¿sabe? Era muy valiente. Su oficial me envió una carta. ¡Muy valiente, eso era! Estaba en cubierta… cubierto de petróleo inflamado… y se arrojo al mar. ¡Ay! ¡Era una masa de fuego viviente!
         --¡Pero eso es horrible!
         Pero hoy tenemos un día hermoso—comentó sonriendo.-- ¿no le parece un día hermoso?
         Era un día soleado con nubes blancas y altas y una brisa que soplaba desde el océano. Algunos yates enfilaban a bandazos hacia The Heads, y otros yates navegaban con la vela balón izada. El viejo ferry cabalgaba sobre las cabrillas rumbo al teatro de la ópera y el puente.
         --¡Y se está tan bien en Manly!—exclamó. –Me encantaba ir a Manly con mi hijo… ¡antes de que muriera! Pero hace veinte años que no voy.
         --Sin embargo, está muy cerca—dije.
         --Es que no he salido de casa durante dieciséis años. Estaba ciega. Tenía cataratas y no veía nada. El cirujano dijo que eran incurables, así que me quedé encerrada. ¡Imagínese! ¡Dieciséis años en tinieblas! Hasta que la otra semana me visitó una simpática asistenta social y me dijo: “Será mejor que se haga examinar esas cataratas”. ¡Y véame ahora!
         Espié a través de sus gafas un par de titilantes –ésta es la palabra para definirlos--, de titilantes ojos azules.
         --Me llevaron al hospital—continuó. --¡Y me extirparon las cataratas! ¿No le parece estupendo? ¡Puedo ver!
         Sí—asentí. –Es maravilloso.
         --Es la primera vez que salgo sola—confesó. –No se lo conté a nadie. Me dije, a la hora del desayuno: “Es un día hermoso. Cogeré el autobús hasta el muelle circular, e iré en ferry a Manly… tal como lo hacíamos en los viejos tiempos”. Pedí pescado para el almuerzo. ¡Oh, fue divino!—Encorvó los hombros con aire de picardía y dejó escapar una risita. --¿Cuántos años calcula que tengo?—inquirió.
         --No lo sé—respondí. –Deje que la mire. Yo diría que tiene ochenta.
         --No, no, no—exclamó riendo. –Tengo noventa y tres… ¡y puedo ver!”


Bruce Chatwin. Los trazos de la canción. Muchnik Editores.

lunes, 5 de septiembre de 2011

OBITER DICTUM





“Para los hindúes estamos en lo que ellos llaman el Kali Yuga, la época de la destrucción. Es un movimiento irremediable. Una vez más, Siva ha ganado. No es una sorpresa, porque Siva gana siempre. Al final del último de los yuga, que forman un ciclo, todo desaparece. El mundo que conocemos va a desaparecer, pero no será su primera desaparición. Es inútil tratar de oponerse a esta destrucción porque las fuerzas que nos llevan son infinitamente más poderosas que nosotros. La gran dificultad en el Kali Yuga es mantener el dharma, mantener el orden del mundo y la rectitud de nuestras acciones, que están íntimamente ligados en el pensamiento hindú, porque en parte somos responsables de la buena marcha del universo. Si cada uno de nosotros observa su dharma personal, cada cual cumplirá aquello para lo que ha nacido, el universo proseguirá su curso y un día el mundo renacerá. Se trata, entonces, de saber cómo, a pesar de esta perspectiva de destrucción inevitable, podemos seguir manteniendo el dharma.”

Jean-Claude Carrière.

jueves, 1 de septiembre de 2011

ALLÁ EN LAS INDIAS






ALVARADO POR QUAHUTEMALLAN


       “De Utlatlan fue Alvarado a Quahutemallan, donde fue recibido muy bien y hospedado. Estaba siete leguas de allí una ciudad muy grande, y orilla de una laguna, que hacía guerra a Quahutemallan y Utlatlan y a otros pueblos. Alvarado envió allá dos hombres de Quahutemallan a rogarles que no hiciesen mal a sus vecinos, que los tenía por amigos, y a requerirles con su amistad y paz. Ellos, confiados en la fuerza del agua y multitud de canoas que tenían, mataron los mensajeros sin temor ni vergüenza. Él entonces fue allá con ciento cincuenta españoles y otros sesenta de caballo y muchos indios de Quahutemallan, y ni le quisieron recibir ni aun hablar. Caminó cuanto pudo con treinta caballos la orilla de la laguna hacia un peñol, poblado dentro en agua. Vio luego un escuadrón de hombres armados; acometiolo, rompiolo y siguiolo por una estrecha calzada, donde no se podía ir a caballo. Apeáronse todos, y a vueltas de los contrarios entraron en el peñol; llegó luego la otra gente, y en breve tiempo lo ganaron y mataron mucha gente. Los otros se echaron al agua, y a nado pasaron a una isleta. Saquearon las casas y saliéronse a un llano lleno de maizales, donde asentaron real y durmieron aquella noche.
       Otro día entraron en la ciudad, que estaba sin gente. Maravilláronse cómo la habían desamparado siendo tan fuerte, y fue la causa de perder el peñol, que era su fortaleza, y ver que do quiera entraban los españoles. Corrió Alvarado la tierra, prendió ciertos hombres de ella, y envió tres de ellos a los señores a rogarles que viniesen de paz, y serían bien tratados; donde no, que los perseguiría y les talaría sus huertas y labranzas. Respondieron que jamás su tierra había sido hasta entonces sujetada de nadie por fuerza de armas; pero que pues él lo había hecho tan de valiente, ellos querían ser sus amigos; y así, vinieron y le tocaron las manos, y quedaron pacíficos y servidores de españoles.”


Francisco López de Gomara. 
Historia de la conquista de México.

domingo, 28 de agosto de 2011

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA







BREVE VIAJE NOCTURNO


Mi madre no sabe que por la noche,
cuando ella mira mi cuerpo dormido
y sonríe feliz sintiéndome a su lado,
mi alma sale de mí, se va de viaje
guiada por elefantes blanquirrojos,
y toda la tierra queda abandonada,
y ya no pertenezco a la prisión del mundo,
pues llego hasta la luna, desciendo
en sus verdes ríos y en sus bosques de oro,
y pastoreo rebaños de tiernos elefantes,
y cabalgo los dóciles leopardos de la luna,
y me divierto en el teatro de los astros
contemplando a Júpiter danzar, reír a Hyleo.

Y mi madre no sabe que al otro día,
cuando toca en mi hombro y dulcemente llama,
yo no vengo del sueño: yo he regresado
pocos instantes antes, después de haber sido
el más feliz de los niños, y el viajero
que despaciosamente entra y sale del cielo,
cuando la madre llama y obedece el alma.


Gastón Baquero

jueves, 25 de agosto de 2011

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





         BALCÓN


Balcón a todos los vientos:
atalaya de suspiros.
Balcón ante el que desfila
el implacable destino.

Si me inclino en tu baranda
aún siento rumor de pinos
y aquel perfume a magnolias
de nuestras noches de estío.

Ahora te ocultan la nieblas
de un invierno tan sombrío,
que hasta el oro del otoño
con su bruma ha diluido.


Concha Lagos

martes, 23 de agosto de 2011

EN EL TRASTERO OCULTO

JOSHUA BENOLIEL








OTRA BALSA EN EL AQUERONTE



LA CIVILIZACIÓN EN ALEMANIA


“He tenido el atrevimiento de decirle a un alemán que lo que yo echo de menos en Alemania es un poco de civilización. El alemán se quedó estupefacto. Me habló de la pólvora y de la imprenta que son dos invenciones alemanas; del ejército y, de la filosofía, de las universidades y de los dreadnaughts y de otra porción de cosas.
—Mein Herr, le dije entonces-, todo eso no tiene nada que ver con la civilización en el sentido que yo le doy .a esta palabra. Yo entiendo por civilización el arte de conversar, de hacer un «menú», de entrar en un salón, de ofrecer unas flores ó unos cigarros, de hacerse la corbata, de oír  una ópera. Ustedes saben mucha filosofía, yo no lo niego, pero carecen ustedes de civilización.
Mi interlocutor lanzó una gran carcajada. Era su  manera de sonreír. Yo seguí con mi tema:
--Las civilizaciones son una cosa muy lenta. Así como un hombre no es verdaderamente mundano y no  alcanza una perfecta distinción, mientras no envejece un poco y no adquiere un
aire algo cansado y algo escéptico, un pueblo tampoco puede ser perfectamente civilizado en su  juventud. Ustedes tienen el poderío, pero la civilización está hacia el Sur. Esos franceses, por ejemplo, son mucho más civilizados que ustedes. Poseen el arte de vivir bien. Su música, su filosofía, todo es ligero. Valen mucho más la música y la filosofía de ustedes, pero no son tan agradables ni tan civilizadas. Las francesas, por su parte, carecen de esta asombrosa fertilidad que poseen .las alemanas, pero eso no demuestra mas que  el exquisito refinamiento de su civilización.
--Es que también aquí encontrará usted mujeres muy civilizadas --me dijo el alemán.
--Permítame usted dudarlo. Esas  mujeres serán como una perdiz que me sirvieron el otro día en el restaurant. La corrupción de una perdiz, como la de una mujer, debe ser exquisita para que no sea repugnante. Mi perdiz infestó toda la sala. Yo no pude comerla y tuve que solicitar una ración de salchichas. Las honradas salchichas y las mujeres sin civilización son todavía lo mejor que uno puede encontrar en  Alemania. Sí, Mein Herr. Es inútil que algunas mujeres alemanas se le ofrezcan a uno como un plato bien faisandén y que ustedes se recorten los bigotes y que tengan en  sus casas ascensor y cuarto de baño y que le echen azúcar a la ensalada. Todo eso no es civilización. Ustedes le  dan á uno .sombrerazos que trazan en el aire una curva de metro y medio y se creen ustedes que no  se puede ser  más atento. Pues se puede ser  mucho más atento sin quitarse siquiera el sombrero de la cabeza. La civilización es una cosa de sentimiento. Es el sentimiento lo que se va educando en los pueblos a través de los siglos. Se puede tener, mucho dinero y una gran cultura y ser completamente un bárbaro.
En fin --añadí-. Aquí me tiene usted a mí.
Yo no sé nada de filosofía, ignoro el cálculo integral y, sin embargo, soy un hombre civilizado. Y me gustan los toros --esa fiesta cruel y  sanguinaria --y soy un hombre civilizado. No tengo cañones ni ametralladoras, ni  siquiera una  pistola automática,  y, a  pesar de eso, no se me puede poner .en  duda mi civilización. En  el  Sur de Europa hay muchísimas gentes que no  saben leer ni escribir, pero que tienen el sentimiento civilizado. Ustedes, en cambio, han civilizado su cabeza y sus músculos, pero no  sus  sentimientos, ni siquiera su paladar.”

Julio Camba. Alemania. Editorial Renacimiento.

lunes, 22 de agosto de 2011

ARPILLERA Y POLVO

GIOVANNI BOLDINI






OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






EN LAS ARENAS


“Paramos al atardecer para la comida nocturna y darles a los camellos el tríbulo que habíamos traído. Todos los odres rezumaban y estábamos preocupados por el agua. Habían perdido de forma regular y ominosa a lo largo de todo el día: gota tras gota que cae en la arena cada pocos metros a lo largo del camino, como sangre que mana de una herida irrestañable. No se podía hacer nada salvo apretar la marcha, pero forzar demasiado a los camellos equivaldría a hundirlos. Ya mostraban signos de sed. Al Auf había decidido continuar después de la cena, y mientras Musallim y bin Kabina cocían el pan le pregunté sobre sus anteriores viajes por las Arenas.
--Las he cruzado dos veces –explicó--. La última vez que vine por aquí fue hace dos años. Venía de Abu Dhabi.
--¿Con quién ibas?
--Iba solo –contestó.
--Pensando que le había entendido mal, repetí:
--¿Quiénes eran tus compañeros?
--Dios me acompañaba.
         Haber cabalgado solo por esta pavorosa desolación era una hazaña increíble. Ahora viajábamos por ella, pero llevábamos nuestro pequeño mundo con nosotros: un mundo pequeño de cinco personas, que sin embargo nos proporcionaba a cada uno compañía, conversación y risa, y el convencimiento de que los otros estaban allí para compartir las dificultades y el peligro. Sabía que si viajara solo por aquellos parajes el peso de su vasta soledad me aplastaría por completo.
         Sabía también que al Auf no había hablado en forma retórica cuando dijo que Dios era su compañero. Para estos bedu, Dios es una realidad, y la convicción de su presencia les infunde valor para soportarlo todo. Dudar de su existencia sería para ellos tan inconcebible como blasfemar. La mayoría reza de forma regular, y muchos observan el ayuno del Ramadán, que dura todo un mes, durante el cual un hombre no puede comer ni beber del amanecer hasta la puesta del sol. Cuando este ayuno cae en verano (y al ser lunares, los meses árabes se adelantan once días cada año) hacen uso de la exención que permite a los viajeros observar el ayuno una vez hayan acabado su viaje, y lo guardan durante el invierno. Varios de los árabes que habíamos dejado en Mughshin estaban ayunando para compensar el no haberlo hecho un poco antes en el año. He oído a gentes de ciudades y aldeas del Hadramaut y el Heyaz hablar desdeñosamente de los bedu, tachándoles de ser un pueblo sin religión. Cuando he protestado, han insistido:
         --Aunque recen, sus oraciones no son aceptables para Dios, porque antes no llevan a cabo las abluciones correctas.
         Estos bedu no son fanáticos. Una vez viajaba con un grupo importante de Rashid, uno de los cuales me sugirió:
         --¿Por qué no te haces musulmán y  entonces serías uno de nosotros de verdad?
         Ante lo que yo repuse:
         --¡Que Dios me proteja del Diablo!
         Se echaron a reír. Esta invocación es la que los árabes utilizan de forma invariable para rechazar algo vergonzoso o indecente. No me habría atrevido a usarla jamás de haber sido otros los  árabes que me habían formulado esa pregunta, pero el hombre que había hablado no habría dudado en utilizarla si hubiera sugerido yo que se hiciera cristiano.”

Wilfred Thesiger. Arenas de Arabia. Ediciones Península.

domingo, 21 de agosto de 2011

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA




Vive

Aquel amor
aquel
que tomé con la punta de los dedos
que dejé que olvidé
aquel amor
ahora
en unas líneas que
se caen de un cajón
está ahí
sigue estando
sigue diciéndome
está doliendo
está
todavía
sangrando.
 


Idea Vilariño