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sábado, 12 de mayo de 2018

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





EN IRÚN


            “La mitad del puente sobre el Bidasoa pertenece a Francia, la otra mitad a España; se puede tener un pie en cada reino, lo cual resulta muy majestuoso: aquí, el gendarme grave, honrado, serio, el gendarme gozoso de haber sido rehabilitado en los Los Franceses de Curmer, por Eduardo Ourliac; allí, el soldado español, vestido de verde y saboreando en la verde hierba las dulzuras y las malicias del descanso, con un feliz descuido. Al extremo del puente se entra de lleno en la vida española y en el color local. Irún no se parece en nada a un pueblo francés; los tejados de las casas avanzan en abanico; las tejas, alternativamente convexas y cóncavas, forman una especie de almenaje de un aspecto extraño y morisco. Los balcones, muy volados, son de herraje antiguo, tan cuidadosamente forjado, que asombra en un pueblo olvidado como Irún, y que supone una gran riqueza desaparecida. Las mujeres se pasan el día en estos balcones, a los que da sombra una tela rayada de varios colores, y que parecen otras tantas habitaciones aéreas adosadas el cuerpo del edificio; los dos lados del balcón quedan sin cortina y dan paso a la fresca brisa y a las miradas ardientes; por lo demás, no busquéis allí tintes pardos y culotados –perdón por el término--, los tonos de hollín y de pipa vieja que podía esperar un pintor; todo está blanqueado con cal, al estilo árabe; pero el contraste de este color de yeso con el pardusco y obscuro de las vigas, los tejados y el balcón, no deja de producir un buen efecto.
         Los caballos nos abandonaron en Irún. Allí hubieron de enganchar al coche diez mulas esquiladas hasta la mitad del cuerpo, mitad pellejo, mitad pelo, como esos trajes de la Edad Media que parecen dos mitades de trajes distintos cosidos al azar; estos animales así esquilados tienen un aspecto raro y parecen de una delgadez aterradora, pues tal denudación permite estudiar a fondo su anatomía, los huesos, los músculos y hasta las venas más insignificantes; con su cola pelada y sus orejas puntiagudas parecen enormes ratones. Además de las diez mulas, nuestro personal se aumentó con un zagal y dos escopeteros provistos de trabuco. El zagal es una especie de correo, de soto-mayoral, que engalga las ruedas de las bajadas peligrosas, que vigila los arneses y los frenos, que activa los relevos y ejecuta en torno del coche el papel de hombre oficioso, con mucha eficacia. El traje del zagal es precioso, de una elegancia y una ligereza extremas: lleva un sombrero puntiagudo, adornado con bandas de terciopelo y madroños de seda; una chaquetilla color castaño o tabaco, con las bocamangas y el cuello de trozos de diferentes colores –azul, blanco y rojo, por lo general--, y un gran arabesco de botones de filigrana, y por calzado unas sandalias, sujetas con cuerdecillas, añadid a esto una faja roja y una corbata de colorines, y tendréis una figura característica del todo. Los escopeteros son guardias, miqueletes destinados a escoltar el coche y asustar a los rateros –así se llama a los ladrones de menor cuantía--, que no resistirían a la tentación de desvalijar a un viajero aislado, pero a quienes la vista edificante del trabuco les basta para tenerlos a raya y pasan saludando con el sacramental: Vaya usted con Dios. El traje de los escopeteros es poco más o menos como el del zagal, pero menos coquetón, menos adornado. Se colocan en la imperial, a la trasera del coche, y así dominan todo el campo. En la descripción de nuestra caravana habíamos olvidado mencionar un postillón minúsculo montado en un caballo, que marcha a la cabeza del convoy y es el que da el impulso a todo el tiro.
         Antes de partir hubo que hacer visar de nuevo nuestros pasaportes, ya bastante emborronados. Mientras se realizaba esta importante operación, tuvimos tiempo de echar una ojeada a la población de Irún, que no ofrece otro rasgo de particular sino que las mujeres llevan los cabellos, notablemente largos, recogidos en una sola trenza, que les cuelga hasta los riñones; los zapatos son allí cosa rara, y más aún las medias.
         Un ruido extraño, inexplicable, ronco espantoso y risible me zumbaba en los oídos hacía algún tiempo; hubiérase dicho que procedía de grajos desplumados vivos, de chicos azotados, de gatos en celo, de sierras que quisieran cortar una piedra dura, de calderos raspados, de goznes de cárcel enmohecidos y obligados a soltar a su prisionero. Yo creía, que por lo menos, que se trataba de una princesa degollada por algún nigromante enfurecido, y no era sino una carreta que subía por una calle de Irún, y cuyas ruedas chirriaban de un modo horrible, a causa de no estar engrasadas, sin duda porque el carretero prefería poner la grasa en su sopa.”


Theophile Gautier. Viaje por España. Editorial Calpe.