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miércoles, 18 de febrero de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






ENTRE BUDAS


        “A la mañana siguiente, por casualidad, encuentro a dos amigos estadounidenses que también estudian en la Universidad de Nankín. Acaban de regresar de las grutas de Mogao en Dunhuyang, a unas pocas horas al sur. Opinan, como yo, que las cuevas son hermosas, pero que los guías no llegan a mediocres. La mujer que nos ofrece una somera visita ilumina de vez en cuando un rincón con una linterna que sostiene con opresivo aburrimiento y luego cierra con llave cada cueva a la salida. La vida de Buda, descrita por medio de una serie de murales en una cueva, es interpretada en función de la lucha de clases. Es más gratificante contemplar las pinturas de los murales en un libro. Sin embargo, nada puede destruir la belleza física del oasis: dunas perfectas se alzan sobre un acantilado rocoso, y un manantial salobre riega más abajo algunos bosquecillos de manzanos y albaricoques. Cuando estuve ahí el mes pasado, al final me alejé de la guía y me puse a pasear por entre los árboles frutales. Más tarde, apoyándome sobre los hombros de un amigo, conseguí escalar una cueva tapiada que la visita guiada había pasado por alto. Contenía murales tántricos de una sexualidad intensa y un tanto gimnástica.
        Los inmensos budas esculpidos en Dunhuang, demasiado grandes para dejarse encerrar con comodidad, contemplan con majestuosidad el desierto situado al otro lado del oasis. Quizá la mejor manera de ilustrar la influencia de las variaciones nacionales sobre el estilo artístico y del estilo artístico sobre el efecto emocional sea comparar las imágenes de Buda de diferentes países: las dos grandes estatuas de Dunhuang, las de las cuevas de Datong, por no mencionar la del Buda más grande del mundo, el de Leshan en Sichuan, me trasmiten una intimidante sensación de fuerza; en los budas indios, en cambio, veo una tranquilidad meditativa; y en el gran Buda de bronce de Kamakura en Japón, que se inclina ligeramente hacia la gente que está abajo, tiene una expresión de compasión y ternura tan profunda que su tamaño deja de ser agobiante.”


Vikram Seth. Desde el lago del Cielo. Ediciones B.