“Lo que distingue a los caracteres poéticos,
aunque constituye también un peligro para ellos, es esa imaginación suya que
agota las cosas de antemano: una imaginación que anticipa lo que ha de suceder
o lo que puede suceder, que goza o sufre previamente por ello y que, cuando
llega al momento de actuar, se encuentra ya cansada. Lord Byron, que sabía
mucho de esto, escribió en un diario: “Si alguna vez tengo un hijo, le haré
algo prosaico: abogado o pirata.”
miércoles, 7 de diciembre de 2016
martes, 6 de diciembre de 2016
lunes, 5 de diciembre de 2016
domingo, 4 de diciembre de 2016
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
DE VISITA
Cuando llegue la hora, no hagas
ruido.
La casa bulliciosa
olvidará tu paso al poco de irte
como se olvida un sueño desabrido.
No te valdrá el amor ni la paciente
entrega a su cuidado.
Márchate silenciosa,
suavemente.
Entre sus moradores, alguien crece
para quien defendiste la techumbre,
los muros y los altos ventanales
donde la luz cernida comparece
cada nueva mañana.
Es la costumbre:
Permanecer no entraba en el contrato
y es preciso partir
(de todos modos,
no pensabas quedarte mucho rato).
Jon Juaristi
viernes, 2 de diciembre de 2016
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
LAS PIEDRAS DEL CAMINO
Las piedras del camino se llenan de ternura
y de musgos; los cielos contemplan con dulzura
los senos azulosos del agua que se estanca.
Clareando entre los charcos de solo todos deshechos,
se hinchan de luz las agrias venas de los helechos
tendidos sobre el fresco terror de la barranca.
Concha Urquiza
jueves, 1 de diciembre de 2016
miércoles, 30 de noviembre de 2016
lunes, 28 de noviembre de 2016
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO XLVII
“Cuando don Quijote se vio de aquella
manera enjaulado y encima del carro, dijo:
--Muchas
veces y muy graves historias he yo leído de caballeros andantes; pero jamás he
leído, ni visto, ni oído, que a los caballeros encantados los lleven desta
manera, y con el espacio que prometen estos perezosos y tardíos animales;
porque siempre los suelen llevar por los aires, con extraña ligereza,
encerrados en alguna parda y escura nube, o en algún carro de fuego, o ya sobre
algún hipogrifo o otra bestia semejante; pero que me lleven a mí agora sobre un
carro de bueyes, ¡vive Dios que me pone en confusión! Pero quizá la caballería
y los encantos destos nuestros tiempos deben de seguir otro camino que
siguieron los antiguos. Y también podría ser que, como yo soy nuevo caballero
en el mundo, y el primero que ha resucitado el ya olvidado ejercicio de la
caballería aventurera, también nuevamente se hayan inventado otros géneros de
encantamentos, y otros modos de llevar a los encantados. ¿Qué te parece desto,
Sancho hijo?
--No
sé yo lo que me parece –respondió Sancho--, por no ser tan leído como vuestra
merced en las escrituras andantes; pero, con todo eso, osaría afirmar y jurar
que estas visiones que por aquí andan, que no son del todo católicas.
--¿Católicas?
¡Mi padre! –respondió don Quijote--. ¡Cómo han de ser católicas, si son todos
demonios, que han tomado cuerpos fantásticos para venir a hacer esto y a ponerme
en este estado? Y si quieres ver esta verdad, tócalos y pálpalos, y verás como
no tienen cuerpo sino de aire, y como no consiste más de en la apariencia.
--Par
Dios, señor –replicó Sancho--, ya yo los he tocado; y este diablo que aquí anda
tan solícito es rollizo de carnes, y tiene otra propiedad muy diferente de la
que yo he oído decir que tienen los demonios; porque, según se dice, todos
huelen a piedra azufre y a otros malos olores; pero éste huele a ámbar de media
legua.
Decía
esto Sancho por don Fernando, que, como tan señor, debía de oler a lo que
Sancho decía.
--No
te maravilles deso, Sancho amigo –respondió don Quijote--; porque te hago saber
que los diablos saben mucho, y puesto que traigan olores consigo, dellos no
huelen nada, porque son espíritus, y si huelen, no pueden oler cosas buenas,
sino malas y hediondas. Y la razón es que como ellos, dondequiera que están,
traen el infierno consigo, y no pueden recebir género de alivio alguno en sus
tormentos, y el buen olor sea cosa que deleita y contenta, no es posible que
ellos huelan cosa buena; y si a ti te parece que ese demonio que dices huele a ámbar, o tú te engañas, o él quiere engañarte con
hacer que no le tengas por demonio.”
Miguel de Cervantes Saavedra. El Ingenioso
Hidalgo Don Quijote de la
Mancha.
domingo, 27 de noviembre de 2016
Y EL ÓBOLO BAJO LENGUA
LA POSTERIDAD
Con frecuencia, oigo hablar a poetas
de la posteridad.
“Tenemos que intentar –dicen con énfasis–
que las generaciones venideras…”
Y yo digo que sí –siempre me incluyen–.
Pero mi corazón
sonríe
al tiempo virgen para sus latidos.
Yo quiero vivir al día,
lo mismo que las aves.
Ser pan de todos, sí
de los que conmigo muerden la agonía.
Y ya no aspiro a más.
Sólo a pudrirme –cuando llegue la hora–
junto a mis letras húmedas y doloridas.
María
Elvira Lacaci
viernes, 25 de noviembre de 2016
jueves, 24 de noviembre de 2016
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
SON IMPORTANTES TANTAS COSAS...
Son importantes tantas cosas
-madre-. El olor
de naftalina, los baúles
en los que vamos destripando
sueños, años pasados
bajo la misma sombra. Sin embargo,
preparo con prisa mis maletas, vacío
los cajones rencorosa
de una alegría que no pudiste
darme, y es todo tuyo
-madre-. Las maderas
que rechinan vengativas, los cuadros
de dudosa
firma, las bandejas de plata que transportaron
turrones navidades
pasadas y nunca perseguidas.
Hago el inventario
-cruel siempre- que me anuncia
tu presente
concepción de silencios. Hago
y olvido, varias
docenas
de bordadas enaguas y colchas
con mi nombre. Las mantas
-madre- quedan con su olor a naftalina
enmohecida, quedan
dos pares de zapatos viejos, mi primer
par de medias, el bolso
que estrené una mañana, cuando tuve
que esconder mi pañuelo
demasiado grande para una sola
lágrima. Mi estatura
se parte -frente a ti- y sólo
queda un murmullo
de alas vencidas por la vida. Me olvido
de las cosas importantes. Del vaso
de mis fiebres, de las horas
pasadas sobre mí como en la muerte. Me llevo
todo -madre-. Hasta esa lágrima
dormida entre mis ojos. Dejo
a cambio el inventario -firmado y rubricado-
de mis sueños. Abres la puerta, salgo,
cierras. Vuelves
por el largo pasillo de la casa. Enderezas
ese cuadro
torcido, que yo moví al pasar y quizá
pienses en pintar las paredes
de mi cuarto, en cambiar las cortinas,
en recoger pisadas que aún
nos viven,
que nos pueblan de adioses
presurosos, como alargados trenes
que no paran. Que no te importe
nada, madre, madre. Que no te importe
la sangre -madre mía- que en río
de silencios nos separa. Que no te importen
las llaves que perdiste
para impedir mi marcha.
Paloma Palao
miércoles, 23 de noviembre de 2016
lunes, 21 de noviembre de 2016
OBITER DICTUM
«En aquel tiempo
todo el mundo era joven, pero siempre encontrábamos a otros que eran más
jóvenes que nosotros. Las generaciones se empujaban unas a otras, sobre todo
entre los poetas y los criminales, y apenas si uno había acabado de hacer algo
cuando ya se perfilaba alguien que amenazaba con hacerlo mejor. A veces encuentro
entre papeles viejos algunas de las fotos que nos tomaban los fotógrafos
callejeros en el atrio de la iglesia de San Francisco, y no puedo reprimir un
frémito de compasión, porque no parecen fotos nuestras sino de los hijos de
nosotros mismos, en una ciudad de puertas cerradas donde nada era fácil, y
mucho menos sobrevivir sin amor a las tardes de los domingos.»
Gabriel García Márquez.
sábado, 19 de noviembre de 2016
viernes, 18 de noviembre de 2016
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
VAN MADURANDO AQUELLOS VIEJOS DÍAS...
Van madurando aquellos viejos días
que me aleja el silencio y el reposo;
va fermentando el más querido poso
en mis bodegas quietas y sombrías.
Ya son carne las muertas horas mías,
ya me aploma su apoyo nebuloso
y en la boca las siento, con untuoso
regusto de primeras poesías.
Madurar es sentir en la mirada
un aire, espeso y dulce como un vino,
que eterniza en su niebla lo fluyente.
Y es entreoír la voz llana y velada
del conocido pájaro divino
en la jaula del pecho, nuevamente.
José María Valverde.
jueves, 17 de noviembre de 2016
miércoles, 16 de noviembre de 2016
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
LA VALLETTA
“A la tercera mañana, poco antes del almuerzo,
avistamos Malta. Hubo cierto retraso para desembarcar, porque uno de los
pasajeros había contraído la varicela. Sólo éramos dos los pasajeros que
desembarcábamos y tuvimos que ir a ver al oficial médico en el salón de primera
clase. Este hombre tuvo unas dificultades infinitas para pronunciar mi nombre y
quiso saber dónde iba a alojarme en Malta. Sólo le dije que aún no había
decidido cuál de los dos hoteles elegiría.
--Decídase
ahora—me apremió--. Tengo que llenar este formulario.
Respondí
que no lo haría hasta que hubiera visto a los directores.
--Los
dos son buenos hoteles, ¿qué más da uno que otro?—replicó.
--Quiero
que me salga gratis—le dije.
El
oficial médico me consideró un personaje muy sospechoso y me dijo que, bajo
pena de prisión, debía presentarme diariamente en el Ministerio de Sanidad
durante mi estancia en La Valletta. Si
no lo hacía así, la policía daría conmigo y me obligaría a presentarme. Le dije
que iría y él me dio el formulario de cuarentena. Aquella misma noche perdí el
documento, no me acerqué al Ministerio de Sanidad y no supe nada más del
asunto.
Fuimos
a tierra en una barcaza y desembarcamos en la aduana. Allí me abordaron dos
jóvenes, ambos de baja estatura, morenos y vivaces, cada uno con una gorra de
visera y un reluciente traje inglés. En la gorra de uno figuraba la inscripción
“Hotel Osborne” y en la del otro “Hotel de Gran Bretaña”. Cada uno llevaba en
la mano la carta que yo había escrito por duplicado, solicitando alojamiento.
Cada uno tomó posesión de una parte de mi equipaje y me dio una tarjeta. Una de
las tarjetas decía:
HOTEL OSBORNE
Strada Mezzodi
Todos los
perfeccionamientos modernos. Agua caliente.
Luz eléctrica.
Excelente cocina.
Frecuentado por
Su Serena Alteza el príncipe
Louis de
Battenberg
y el duque de
Bronte.
En la otra tarjeta leí:
HOTEL DE GRAN
BRETAÑA
Strada Mezzodi
Todos los
perfeccionamientos modernos. Agua caliente y fría.
Luz eléctrica.
Cocina incomparable.
Instalaciones
sanitarias.
El único hotel
con dirección inglesa.
(Uno habría dicho que sería mejor ocultar ese último
hecho que anunciarlo.)
En El Cairo me habían informado de que el Gran
Bretaña era el mejor de los dos, por lo que pedí a su representante que se
hiciera cargo de mi equipaje. El mozo del Osborne agitó mi carta con un gesto
petulante ante mi cara.
--Una
falsificación—le expliqué, asombrado de mi propia doblez.—Me temo que han sido
ustedes engañados por una evidente falsificación.
El
mozo del Gran Bretaña alquiló dos pequeños coches de caballos, me condujo a uno
y él se sentó con el equipaje en el otro. Tenía un dosel bajo y guarnecido con
flecos por encima de la cabeza, así que me resultaba imposible ver gran cosa.
Reparé en que iniciábamos una ascensión larga y escarpada, y que doblábamos
muchas esquinas. En algunas de ellas tuve un atisbo de un santuario barroco, en
otras un repentino panorama a vista de pájaro del Gran Puerto, lleno de barcos
y con las fortificaciones más allá. Subimos, viramos y proseguimos a lo largo
de una ancha calle con tiendas y portales de aspecto importante. Pasamos ante
grupos de mujeres maltesas feísimas, tocadas con un sorprendente sombrero negro
que era mitad velo y mitad paraguas, que es el último legado a la isla de
aquellos caballeros de San Juan con tendencias conventuales. Entonces bajamos
por una estrecha calle y nos detuvimos ante el pequeño porche de hierro y
vidrio del hotel de Gran Bretaña.”
Evelyn Waugh.
Etiquetas.
Ediciones Península.
lunes, 14 de noviembre de 2016
domingo, 13 de noviembre de 2016
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
ODA A STALIN
Camarada Stalin, yo estaba junto al mar en la Isla
Negra,
descansando de luchas y de viajes,
cuando la noticia de tu muerte llegó como un golpe de océano.
Fue primero el silencio, el estupor de las cosas, y luego llegó del mar una
ola grande.
De algas, metales y hombres, piedras, espuma y lágrimas estaba hecha esta
ola.
De historia, espacio y tiempo recogió su materia
y se elevó llorando sobre el mundo
hasta que frente a mí vino a golpear la costa
y derribó a mis puertas su mensaje de luto
con un grito gigante
como si de repente se quebrara la tierra.
Era en 1914.
En las fábricas se acumulaban basuras y dolores.
Los ricos del nuevo siglo
se repartían a dentelladas el petróleo y las islas, el cobre y los canales.
Ni una sola bandera levantó sus colores
sin las salpicaduras de la sangre.
Desde Hong Kong a Chicago la policía
buscaba documentos y ensayaba
las ametralladoras en la carne del pueblo.
Las marchas militares desde el alba
mandaban soldaditos a morir.
Frenético era el baile de los gringos
en las boîtes de París llenas de humo.
Se desangraba el hombre.
Una lluvia de sangre
caía del planeta,
manchaba las estrellas.
La muerte estrenó entonces armaduras de acero.
El hambre
en los caminos de Europa
fue como un viento helado aventando hojas secas y quebrantando huesos.
El otoño soplaba los harapos.
La guerra había erizado los caminos.
Olor a invierno y sangre
emanaba de Europa
como de un matadero abandonado.
Mientras tanto los dueños
del carbón,
del hierro,
del acero,
del humo,
de los bancos,
del gas,
del oro,
de la harina,
del salitre,
del diario El Mercurio,
los dueños de burdeles,
los senadores norteamericanos,
los filibusteros
cargados de oro y sangre
de todos los países,
eran también los dueños
de la Historia.
Allí estaban sentados
de frac, ocupadísimos
en dispensar condecoraciones,
en regalarse cheques a la entrada
y robárselos a la salida,
en regalarse acciones de la carnicería
y repartirse a dentelladas
trozos de pueblo y de geografía.
Entonces con modesto
vestido y gorra obrera,
entró el viento,
entró el viento del pueblo.
Era Lenin.
Cambió la tierra, el hombre, la vida.
El aire libre revolucionario
trastornó los papeles
manchados. Nació una patria
que no ha dejado de crecer.
Es grande como el mundo, pero cabe
hasta en el corazón del más
pequeño
trabajador de usina o de oficina,
de agricultura o barco.
Era la Unión Soviética.
Junto a Lenin
Stalin avanzaba
y así, con blusa blanca,
con gorra gris de obrero,
Stalin,
con su paso tranquilo,
entró en la Historia acompañado
de Lenin y del viento.
Stalin desde entonces
fue construyendo. Todo
hacía falta. Lenin recibió de los zares
telarañas y harapos.
Lenin dejó una herencia
de patria libre y ancha.
Stalin la pobló
con escuelas y harina,
imprentas y manzanas.
Stalin desde el Volga
hasta la nieve
del Norte inaccesible
puso su mano y en su mano un hombre
comenzó a construir.
Las ciudades nacieron.
Los desiertos cantaron
por primera vez con la voz del agua.
Los minerales
acudieron,
salieron
de sus sueños oscuros,
se levantaron,
se hicieron rieles, ruedas,
locomotoras, hilos
que llevaron las sílabas eléctricas
por toda la extensión y la distancia.
Stalin
construía.
Nacieron
de sus manos
cereales,
tractores,
enseñanzas,
caminos,
y él allí,
sencillo como tú y como yo,
si tú y yo consiguiéramos
ser sencillos como él.
Pero lo aprenderemos.
Su sencillez y su sabiduría,
su estructura
de bondadoso pan y de acero inflexible
nos ayuda a ser hombres cada día,
cada día nos ayuda a ser hombres.
¡Ser hombres! ¡Es ésta
la ley staliniana!
Ser comunista es difícil.
Hay que aprender a serlo.
Ser hombres comunistas
es aún más difícil,
y hay que aprender de Stalin
su intensidad serena,
su claridad concreta,
su desprecio
al oropel vacío,
a la hueca abstracción editorial.
Él fue directamente
desentrañando el nudo
y mostrando la recta
claridad de la línea,
entrando en los problemas
sin las frases que ocultan
el vacío,
derecho al centro débil
que en nuestra lucha rectificaremos
podando los follajes
y mostrando el designio de los frutos.
Stalin es el mediodía,
la madurez del hombre y de los pueblos.
En la guerra lo vieron
las ciudades quebradas
extraer del escombro
la esperanza,
refundirla de nuevo,
hacerla acero,
y atacar con sus rayos
destruyendo
la fortificación de las tinieblas.
Pero también ayudó a los manzanos
de Siberia
a dar sus frutas bajo la tormenta.
Enseñó a todos
a crecer, a crecer,
a plantas y metales,
a criaturas y ríos
les enseñó a crecer,
a dar frutos y fuego.
Les enseñó la Paz
y así detuvo
con su pecho extendido
los lobos de la guerra.
Frente al mar de la Isla Negra, en la mañana,
icé a media asta la bandera de Chile.
Estaba solitaria la costa y una niebla de plata
se mezclaba a la espuma solemne del océano.
A mitad de su mástil, en el campo de azul,
la estrella solitaria de mi patria
parecía una lágrima entre el cielo y la tierra.
Pasó un hombre del pueblo, saludó comprendiendo,
y se sacó el sombrero.
Vino un muchacho y me estrechó la mano.
Más tarde el pescador de erizos, el viejo buzo
y poeta,
Gonzalito, se acercó a acompañarme bajo la bandera.
«Era más sabio que todos los hombres juntos», me dijo
mirando el mar con sus viejos ojos, con los viejos
ojos del pueblo.
Y luego por largo rato no dijimos nada.
Una ola
estremeció las piedras de la orilla.
«Pero Malenkov ahora continuará su obra», prosiguió
levantándose el pobre pescador de chaqueta raída.
Yo lo miré sorprendido pensando: ¿Cómo, cómo lo sabe?
¿De dónde, en esta costa solitaria?
Y comprendí que el mar se lo había enseñado.
Y allí velamos juntos, un poeta,
un pescador y el mar
al Capitán lejano que al entrar en la muerte
dejó a todos los pueblos, como herencia, su vida.
Pablo Neruda
descansando de luchas y de viajes,
cuando la noticia de tu muerte llegó como un golpe de océano.
Fue primero el silencio, el estupor de las cosas, y luego llegó del mar una
ola grande.
De algas, metales y hombres, piedras, espuma y lágrimas estaba hecha esta
ola.
De historia, espacio y tiempo recogió su materia
y se elevó llorando sobre el mundo
hasta que frente a mí vino a golpear la costa
y derribó a mis puertas su mensaje de luto
con un grito gigante
como si de repente se quebrara la tierra.
Era en 1914.
En las fábricas se acumulaban basuras y dolores.
Los ricos del nuevo siglo
se repartían a dentelladas el petróleo y las islas, el cobre y los canales.
Ni una sola bandera levantó sus colores
sin las salpicaduras de la sangre.
Desde Hong Kong a Chicago la policía
buscaba documentos y ensayaba
las ametralladoras en la carne del pueblo.
Las marchas militares desde el alba
mandaban soldaditos a morir.
Frenético era el baile de los gringos
en las boîtes de París llenas de humo.
Se desangraba el hombre.
Una lluvia de sangre
caía del planeta,
manchaba las estrellas.
La muerte estrenó entonces armaduras de acero.
El hambre
en los caminos de Europa
fue como un viento helado aventando hojas secas y quebrantando huesos.
El otoño soplaba los harapos.
La guerra había erizado los caminos.
Olor a invierno y sangre
emanaba de Europa
como de un matadero abandonado.
Mientras tanto los dueños
del carbón,
del hierro,
del acero,
del humo,
de los bancos,
del gas,
del oro,
de la harina,
del salitre,
del diario El Mercurio,
los dueños de burdeles,
los senadores norteamericanos,
los filibusteros
cargados de oro y sangre
de todos los países,
eran también los dueños
de la Historia.
Allí estaban sentados
de frac, ocupadísimos
en dispensar condecoraciones,
en regalarse cheques a la entrada
y robárselos a la salida,
en regalarse acciones de la carnicería
y repartirse a dentelladas
trozos de pueblo y de geografía.
Entonces con modesto
vestido y gorra obrera,
entró el viento,
entró el viento del pueblo.
Era Lenin.
Cambió la tierra, el hombre, la vida.
El aire libre revolucionario
trastornó los papeles
manchados. Nació una patria
que no ha dejado de crecer.
Es grande como el mundo, pero cabe
hasta en el corazón del más
pequeño
trabajador de usina o de oficina,
de agricultura o barco.
Era la Unión Soviética.
Junto a Lenin
Stalin avanzaba
y así, con blusa blanca,
con gorra gris de obrero,
Stalin,
con su paso tranquilo,
entró en la Historia acompañado
de Lenin y del viento.
Stalin desde entonces
fue construyendo. Todo
hacía falta. Lenin recibió de los zares
telarañas y harapos.
Lenin dejó una herencia
de patria libre y ancha.
Stalin la pobló
con escuelas y harina,
imprentas y manzanas.
Stalin desde el Volga
hasta la nieve
del Norte inaccesible
puso su mano y en su mano un hombre
comenzó a construir.
Las ciudades nacieron.
Los desiertos cantaron
por primera vez con la voz del agua.
Los minerales
acudieron,
salieron
de sus sueños oscuros,
se levantaron,
se hicieron rieles, ruedas,
locomotoras, hilos
que llevaron las sílabas eléctricas
por toda la extensión y la distancia.
Stalin
construía.
Nacieron
de sus manos
cereales,
tractores,
enseñanzas,
caminos,
y él allí,
sencillo como tú y como yo,
si tú y yo consiguiéramos
ser sencillos como él.
Pero lo aprenderemos.
Su sencillez y su sabiduría,
su estructura
de bondadoso pan y de acero inflexible
nos ayuda a ser hombres cada día,
cada día nos ayuda a ser hombres.
¡Ser hombres! ¡Es ésta
la ley staliniana!
Ser comunista es difícil.
Hay que aprender a serlo.
Ser hombres comunistas
es aún más difícil,
y hay que aprender de Stalin
su intensidad serena,
su claridad concreta,
su desprecio
al oropel vacío,
a la hueca abstracción editorial.
Él fue directamente
desentrañando el nudo
y mostrando la recta
claridad de la línea,
entrando en los problemas
sin las frases que ocultan
el vacío,
derecho al centro débil
que en nuestra lucha rectificaremos
podando los follajes
y mostrando el designio de los frutos.
Stalin es el mediodía,
la madurez del hombre y de los pueblos.
En la guerra lo vieron
las ciudades quebradas
extraer del escombro
la esperanza,
refundirla de nuevo,
hacerla acero,
y atacar con sus rayos
destruyendo
la fortificación de las tinieblas.
Pero también ayudó a los manzanos
de Siberia
a dar sus frutas bajo la tormenta.
Enseñó a todos
a crecer, a crecer,
a plantas y metales,
a criaturas y ríos
les enseñó a crecer,
a dar frutos y fuego.
Les enseñó la Paz
y así detuvo
con su pecho extendido
los lobos de la guerra.
Frente al mar de la Isla Negra, en la mañana,
icé a media asta la bandera de Chile.
Estaba solitaria la costa y una niebla de plata
se mezclaba a la espuma solemne del océano.
A mitad de su mástil, en el campo de azul,
la estrella solitaria de mi patria
parecía una lágrima entre el cielo y la tierra.
Pasó un hombre del pueblo, saludó comprendiendo,
y se sacó el sombrero.
Vino un muchacho y me estrechó la mano.
Más tarde el pescador de erizos, el viejo buzo
y poeta,
Gonzalito, se acercó a acompañarme bajo la bandera.
«Era más sabio que todos los hombres juntos», me dijo
mirando el mar con sus viejos ojos, con los viejos
ojos del pueblo.
Y luego por largo rato no dijimos nada.
Una ola
estremeció las piedras de la orilla.
«Pero Malenkov ahora continuará su obra», prosiguió
levantándose el pobre pescador de chaqueta raída.
Yo lo miré sorprendido pensando: ¿Cómo, cómo lo sabe?
¿De dónde, en esta costa solitaria?
Y comprendí que el mar se lo había enseñado.
Y allí velamos juntos, un poeta,
un pescador y el mar
al Capitán lejano que al entrar en la muerte
dejó a todos los pueblos, como herencia, su vida.
Pablo Neruda
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