lunes, 8 de junio de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






SEPTEMBER

We sit late, watching the dark slowly unfold:
No clock counts this.
When kisses are repeated and the arms hold
There is no telling where time is.

It is midsummer: the leaves hang big and still:
Behind the eye a star,
Under the silk of the wrist a sea, tell
Time is nowhere.

We stand; leaves have not timed the summer.
No clock now needs
Tell we have only what we remember:
Minutes uproaring with our heads

Like an unfortunate King's and his Queen's
When the senseless mob rules;
And quietly the trees casting their crowns
Into the pools.

Ted Hugues.

sábado, 6 de junio de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA





¿CÓMO DECÍA USTED, AMIGO MÍO?


¿Cómo decía usted, amigo mío?
¿Qué el amor es un río? No es extraño.
Es ciertamente un río
que, uniéndose al confluente del desvío,
va a perderse en el mar del desengaño.


              Rubén Darío

miércoles, 3 de junio de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE



LA TRAGEDIA DEL HOMBRE QUE BUSCA EMPLEO



“La persona que tenga la saludable costumbre de levantarse temprano, y salir en tranvía a trabajar o a tomar fresco, habrá a veces observado el siguiente fenómeno:
Una puerta de casa comercial con la cortina metálica medio corrida. Frente a la cortina metálica, y ocupando la vereda y parte de la calle, hay un racimo de gente. La muchedumbre es variada en aspecto. Hay pequeños y grandes, sanos y lisiados. Todos tienen un diario en la mano y conversan animadamente entre sí.
Lo primero que se le ocurre al viajante inexperto es de que allí ha ocurrido un crimen trascendental, y siente tentaciones de ir a engrosar el número de aparentes curiosos que hacen cola frente a la cortina metálica, mas a poco de reflexionarlo se da cuenta de que el grupo está constituido por gente que busca empleo, y que ha acudido al llamado de un aviso. Y si es observador y se detiene en la esquina podrá apreciar este conmovedor espectáculo.
Del interior de la casa semiblindada salen cada diez minutos individuos que tienen el aspecto de haber sufrido una decepción, pues irónicamente miran a todos los que les rodean, y contestando rabiosa y sintéticamente a las preguntas que les hacen, se alejan rumiando desconsuelo. Esto no hace desmayar a los que quedan, pues, como si lo ocurrido fuera un aliciente, comienzan a empujarse contra la cortina metálica, y a darse de puñetazos y pisotones para ver quien entra primero. De pronto el más ágil o el más fuerte se escurre adentro y el resto queda mirando la cortina, hasta que aparece en escena un viejo empleado de la casa que dice:

-- Pueden irse, ya hemos tomado empleado.

Esta incitación no convence a los presentes, que estirando el cogote sobre el hombro de su compañero comienzan a desaforar desvergüenzas, y a amenazar con romper los vidrios del comercio. Entonces, para enfriar los ánimos, por lo general un robusto portero sale con un cubo de agua o armado de una escoba y empieza a dispersar a los amotinados. Esto no es exageración. Ya muchas veces se han hecho denuncias semejantes en las seccionales sobre este procedimiento expeditivo de los patrones que buscan empleados.
Los patrones arguyen que ellos en el aviso pidieron expresamente "un muchacho de dieciséis años para hacer trabajos de escritorio", y que en vez de presentarse candidatos de esa edad, lo hacen personas de treinta .años, y hasta cojos y jorobados. Y ello es en parte cierto. En Buenos Aires, "el hombre que busca empleo" ha venido a constituir un tipo sui generis. Puede decirse que este hombre tiene el empleo de "ser hombre que busca trabajo".
El hombre que busca trabajo es frecuentemente un individuo que oscila entre los dieciocho y veinticuatro años. No sirve para nada. No ha aprendido nada. No conoce ningún oficio. Su única y meritoria aspiración es ser empleado. Es el tipo del empleado abstracto. El quiere trabajar, pero trabajar sin ensuciarse las manos, trabajar en un lugar donde se use cuello; en fin, trabajar "pero entendámonos... decentemente".
Y un buen día, día lejano, si alguna vez llega, él, el profesional de la busca de empleo, se "ubica". Se ubica con el sueldo mínimo, pero qué le importa. Ahora podrá tener esperanzas de jubilarse. Y desde ese día, calafateado en su rincón administrativo espera la vejez con la paciencia de una rémora.
Lo trágico es la búsqueda del empleo en casas comerciales. La oferta ha llegado a ser tan extraordinaria, que un comerciante de nuestra amistad nos decía:

--Uno no sabe con qué empleado quedarse. Vienen con certificados. Son inmejorables.

Comienza entonces el interrogatorio:

         -¿Sabe usted escribir a máquina?
         -Sí, ciento cincuenta palabras por minuto.
         -¿Sabe usted taquigrafía?
         -Sí, hace diez años.
         -¿Sabe usted contabilidad?
         -Soy contador público.
         -¿Sabe usted inglés?
         -Y también francés.
         -¿Puede ofrecer una garantía?
         -Hasta diez mil pesos de las siguientes firmas.
         -¿Cuánto quiere ganar?
         -Lo que ustedes acostumbran pagar.
        -Y el sueldo que se les paga a esta gente --nos decía el aludido comerciante-- no es nunca superior a ciento cincuenta pesos. Doscientos pesos los gana un empleado con antigüedad... y trescientos... trescientos es lo mítico. Y ello se debe a la oferta. Hay farmacéuticos que ganan ciento ochenta pesos y trabajan ocho horas diarias, hay abogados que son escribientes de procuradores, procuradores que les pagan doscientos pesos mensuales, ingenieros que no saben qué cosa hacer con el título, doctores en química que envasan muestras de importantes droguerías. Parece mentira y es cierto.

La interminable lista de "empleados ofrecidos" que se lee por las mañanas en los diarios es la mejor prueba de la trágica situación por la que pasan millares y millares de personas en nuestra ciudad. Y se pasan éstas los años buscando trabajo, gastan casi capitales en tranvías y estampillas ofreciéndose, y nada... la ciudad está congestionada de empleados. Y sin embargo, afuera está la llanura, están los campos, pero la gente no quiere salir afuera. Y es claro, termina tanto por acostumbrarse a la falta de empleo que viene a constituir un gremio, el gremio de los desocupados. Sólo les falta personería jurídica para llegar a constituir una de las tantas sociedades originales y exóticas de las que hablará la historia del futuro.”

Roberto Artl. Aguafuertes porteñas. Editorial Losada.

lunes, 1 de junio de 2015

OBITER DICTUM






                   “El arte de torear es muy sencillo: ¿que viene el toro?... Se aparta usted. ¿Que no se aparta usted?... Le aparta a usted el toro...”


Rafael Molina Sánchez, Lagartijo

viernes, 29 de mayo de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






    THEORY


I am what is around me.

Women understand this.
One is not duchess
A hundred yards from a carriage.

These, then are portraits:
A black vestibule;
A high bed sheltered by curtains.

These are merely instances.


                                Wallace Stevens

lunes, 25 de mayo de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE



A GUADALAJARA


“En la bajada de la estación, algunas mujeres ofrecen al viajero tabaco, plátanos, bocadillos de tortilla. Se ven soldados con su maleta de madera al hombro y campesinos de sombrero flexible que vuelven a su lugar. En los jardines, entre el alborotar de miles de gorriones, se escucha el silbo de un mirlo. En el patio está formada la larga, lenta cola de los billetes. Una familia duerme sobre un banco de hierro, debajo de un letrero que advierte: Cuidado con los rateros. Desde las paredes saludan al viajero los anuncios de los productos de hace treinta y cinco años, de los remedios que ya no existen, de los emplastos porosos, los calzoncillos contra catarros, los inefables, automáticos modos de combatir la calvicie.
El viajero, al pasar al andén, nota como un ahogo. Los trenes duermen, en silencio, sobre las negras vías, mientras la gente camina sin hablar, como sobrecogida, a hacerse un sitio a gusto entre las filas de vagones. Unas débiles bombillas mal iluminan la escena. El viajero, mientras busca su tercera, piensa que anda por un inmenso almacén de ataúdes, poblado de almas en pena, al hombro el doble bagaje de los pecados y las obras de misericordia.
El vagón está a oscuras. Sobre la dura tabla los viajeros fuman, adormilados. De cuando en cuando se ve brillar la punta de un cigarro, se oye el chasquido de una cerilla que ilumina, unos instantes, una faz rojiza y sin afeitar. Unos obreros se sientan, con la chaqueta al hombro, la fiambrera envuelta en un pañuelo sobre las rodillas. Sube al vagón un grupo de pescadores —el cestillo de mimbre en bandolera— que colocan, con todo cuidado, las largas cañas de pescar. Entran mujeres de grandes cestas al brazo, campesinas que han bajado a Madrid a vender huevos y chorizo y queso, a comprar una tela estampada para un traje de domingo, o una gorra de visera para el marido. Dos guardias civiles se acomodan, uno enfrente del otro, en un extremo del departamento, al lado de la puerta, debajo del timbre de alarma y de la placa de loza con el extracto de la legislación de ferrocarriles.
Se apagan las luces del andén y la oscuridad es ya absoluta. A última hora aparecen, subiéndose al tren de un salto, soldados de caballería que van a Alcalá de Henares, que hacen todos los días el mismo viaje.
El tren sale; son ya las siete. De repente, al escapar de la marquesina, el viajero descubre que ya es de día. Dos trenes salen a la misma hora y corren, paralelos, hasta que el otro tira para abajo, camino de Getafe. Es gracioso verlos correr, uno al lado del otro, mientras los viajeros se agolpan en las ventanillas para mirarse. Algunos se saludan con la mano y dan gritos como animando al tren a correr más. En el fondo —no se sabe por qué—, los viajeros de un tren envidian siempre un poco a los viajeros de otro tren; es algo que es así, pero que resulta difícil explicar. Quizá sea, aunque no lo vean muy claro, porque un viajero de tercera se cambiaría siempre por otro viajero, aunque fuera de tercera también.
Sobre la ciudad brilla un violento cielo sonrosado, terso como un espejo, un cielo que parece de cristal de color. Durante mucho tiempo el tren corre entre vías y entre montones de carbón. Se ven máquinas fuera de uso, viejas locomotoras ya jubiladas, que semejan caballos muertos en la batalla y puestos a secar al sol. En un vagón sin enganchar, en un vagón solitario, se agolpan docena y media de vacas negras, de largos cuernos y ubre peluda y escasa, que esperan estoicamente la hora de la puntilla y del ancho cuchillo de sangrar. El viajero piensa que los animales estarán muertos de sed, sin saber demasiado a ciencia cierta qué es lo que les pasa.
El sol aparece sobre el horizonte al cruzar el último cambio de vías de la estación, la última señal, el último disco. Aún no hay niños jugando por los barrios extremos. A lo lejos, al sur, se ve, aislado, el cerro de los Ángeles. El campo está verde y crecido; no parecen los alrededores de Madrid. Entre dos sembrados, un campo sin cuidar, un campo de amapolas meciéndose, suaves, a la ligera brisa de la mañana. El tren marcha ya por la vía libre cuando el viajero se aparta de la ventanilla, se sienta, enciende un cigarro y echa la cabeza atrás.
Al pasar por el apeadero de Vallecas se rompe violentamente el silencioso aire del vagón. Un hombre, con una americana color lila, un pañuelo al cuello y un diente de oro, ofrece a voz en grito unas tiras de cartas de baraja que llevan un numerito por detrás.
--¡A probar la suerte, señoras y caballeros, un paquete especial de caramelos finos o una bolsita de almendras, a elegir! ¡A perra chica, la carta! ¡Después rifaré, en honor del respetable, la muñeca Manolita, el juguete sensación!”


Camilo José Cela. Viaje a la Alcarria. Editorial Espasa-Calpe.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA




A CRIANÇA QUE PENSA EM FADAS


A criança que pensa em fadas e acredita nas fadas
Age como um deus doente, mas como um deus.
Porque embora afirme que existe o que não existe
Sabe como é que as cousas existem, que é existindo,
Sabe que existir existe e não se explica,
Sabe que não há razão nenhuma para nada existir,
Sabe que ser é estar em algum ponto
Só não sabe que o pensamento não é um ponto qualquer.


Alberto Caeiro.

lunes, 18 de mayo de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE






EL CIELO DE CEILÁN


        “Llegada a Ceilán, el cinco de noviembre a las doce y media del mediodía. A partir de las once se ven surgir en el este nubes azuladas, pico de brumas, masas más espesas que los vapores que se prolongan encima del horizonte. Este cielo del océano índico, bajo el monzón del nordeste, tiene un infinito número de planos. Al oeste, unas nubes espesas son verdaderamente azules, del azul índigo que debería tener el cielo puro de Extremo Oriente. Todo el contorno del mar es una franja sombría, y, por encima de ella, dividas como vedijas de lana diversificadas, penetradas de aire azul en sus intervalos, unas nubes violetas, púrpura, lechosas, rosas de aurora, recortadas, consteladas, deshojadas. Por encima de un mar gris, amarillo, verdusco, sombrío y terriblemente plomizo bajo el calor húmedo que pesa cada vez más. Después del almuerzo me encontré de nuevo con la misma aparición que en la isla de Minikoï: una línea de espuma contra una barrera amarilla de oro y, encima, el abanico enjuto y verde que se despliega sobre la cabeza de los cocoteros; más allá, unas masas verdes oscuras, como bañadas de vapor cálido, una verdura fuerte, húmeda y templada, hacia la cual avanza el Ville de la Ciotat.”


Marcel Schwob. Viaje a Samoa. Ediciones Folio.

sábado, 16 de mayo de 2015

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





NOCHE DE VERANO


«Se oyó un portazo y tuvimos la impresión de estar en una fosa común. Hubo mujeres que comenzaron a sufrir ataques de nervios y que, histéricas, gesticulaban su terror a gritos. Cinco o seis veces volvió a temblar el sótano, sacudido por una amenaza irresistible. Toda la gente, aterrorizada, y yo con ella, se apretaba entre sí, pese a la desagradable sensación de ahogo debida a la insuficiencia de ventilación. Una hora después de haber entrado en él, calmada la galerna explosiva, salí del afortunado refugio para descubrir, al resplandor de decenas de incendios, un paisaje dantesco e irreal. El canal reflejaba en sus aguas súbitamente iluminadas la imagen de una ciudad en llamas que se consumía inevitablemente al lado de sus orillas. Grotescos escombros sembraban, entre dos gigantescas grietas, los restos de una calle limpia, de aceras con bordillo pintado de blanco. Una humareda acre, golosa y asesina elevaba una constelación de pavesas familiares que se perdían en el cielo de una noche de verano infernal. Por todas partes había gente que corría y, como en Magdeburgo, fui requisado inmediatamente para los trabajos de desescombro.»


Guy Sajer.

El soldado olvidado.

Books4pocket.


jueves, 14 de mayo de 2015

OBITER DICTUM






«La escuela me había ido ganando lentamente. Ahora no la hubiera cambiado por la mejor diversión. Ni faltaba nunca a clase. Uno de los maestros nos puso expeditos en sumas, restas, multiplicaciones, consumadas en grupo en voz alta, gritando el resultado el primero que lo obtenía. En la misma forma nos ejercitaba en el deletreo o spelling, que constituye disciplina aparte en la lengua inglesa. Periódicamente se celebraban concursos. Gané uno de nombres geográficos, pero con cierto dolo. Mis colegas norteamericanos fallaban a la hora de deletrear Tenochtitlán y Popocatépetl. Y como protestaran, expuse:

—¿Creen que Washington no me cuesta a mí trabajo?»

José Vasconcelos.

martes, 12 de mayo de 2015

OBITER DICTUM





Está claro, pues, que nos es imprescindible tener noticias sobre los autores que escribieron cosas oscuras o imperceptibles al entendimiento si queremos interpretar sus escritos. Por la misma razón, para que podamos elegir entre las diversas lecturas de historias oscuras, es necesario saber de quiénes eran los ejemplares en los que fueron halladas las diversas lecturas y saber si acaso no se encontraron otras muchas en copias de otros hombres de más autoridad.


Baruch de Spinoza.