miércoles, 20 de agosto de 2014
lunes, 18 de agosto de 2014
ALLÁ EN LAS INDIAS
“De algunas aves de maravillosa propriedad y naturaleza que hay en
la Nueva España.
Muchas aves hay en la Nueva
España muy semejantes a las de Castilla; pero hay otras en
todo tan diferentes, que paresció ser justo, de la multitud dellas, escoger
algunas, para que, entendiendo el lector su maravillosa diversidad, conozca el
poder del Criador maravilloso en todas sus obras. El ave que en la lengua
mexicana se llama tlauquechul es, por su pluma y por hallarse con gran
dificultad, tan presciada entre los indios, que por una (en tiempo de
infidelidad) daban cuarenta esclavos, y por gran maravilla se tuvo que el gran
señor Montezuma tuviese tres en la casa de las aves, y fue costumbre, por la
grande estima en que se tuvo esta ave, que a ningún indio llamasen de su nombre,
si no fuese tan valeroso que hubiese vencido muchas batallas. Tiene la pluma encarnada
y morada; el pico, según la proporción de su cuerpo, muy grande, y en la punta
una como trompa; críase en los montes. El ave que se dice aguicil es muy más
pequeña que gorrión, preciosísima también por la pluma, con la cual los indios
labrán lo más perfecto de las imágenes que hacen; es de diversas colores, y
dándole el sol, paresce tornasol; es tan delicada que no come sino rocío de
flores, y cuando vuela, hace zumbido como abejón; hay alguna cantidad de ellas.
El quezaltotol es ave toda verde; críase en tierras extrañas; la cola es lo
principal Della, porque tiene plumas muy ricas, de las cuales los indios
señores usaban como de joyas muy ricas para hacer sus armas y devisas y salir a
sus bailes y recibimientos de Príncipes; tiene esta ave tal propiedad que, de
cierto a cierto tiempo, cuando está cargada de plumas, se viene a do hay gente
para que le quite la superflua. El pico es tan fuerte, que pasa una encina con
el pico; tiene cresta como gallo, y silba como sierpe.
Hay otro pájaro que, naturalmente,
cuando canta hable en indio una razón y no más, que dice tachitouan, que en nuestra
lengua suena: «padre, vámonos»; tiene la pluma parda; anda siempre solo, y dice
esta razón dolorosamente. Otro que se llama cenzontlatlol, que en nuestra
lengua quiere decir «cuatrocientas palabras» llámanle así los indios porque
remeda en el canto a todo género de aves y animales cuando los oye, y aun imita
al hombre cuando lo oye reír, llorar o dar voces; nunca pronuncia más de una
voz, de manera que nunca dice razón entera. El cuzcacahtl es pájaro blanco y
prieto y no de otro color; tiene la cabeza colorada; náscele en la frente
cierta carne que le afea mucho; aprovecha para conservar la pluma y que no se
corrompa; muestra en sí cierta presunción y lozanía, como el pavón cuando hace
la rueda; es de mucha estima entre los indios.
De los papagayos hay cinco maneras:
unos colorados y amarillos, y destos hay pocos; otros amarillos del todo; otros
verdes o colorados, sin tener pluma de otro color, otros verdes y morados;
otros muy chiquitos, poco menores que codornices; éstos son tantos que es
menester guardar las simenteras dellos. El chachalaca, que, por ser tan
vocinglero, los indios le llaman así; tiene tal propriedad que, pasando alguna
persona por do está, da muy grandes gritos. Hay un pájaro del tamaño de un
gorrión, pardo y azul, que dice en su canto tres veces arreo, más claro que un
papagayo bien enseñado, «Jesucristo nasció»; jamás se posa cuando anda en
poblado sino sobre los tempos, y si hay cruz, encima Della; cosa es cierto
memorable y que paresce fabulosa, si muchos no lo hobiesen oído, de los cuales,
sin discrepancia, tuve esta relación. Hay otra ave cuyo nombre no sé, que las
más veces, aunque es rara, se cría en los huertos, o donde hay arboledas, de
tan maraviflosa propiedad, que los seis meses del año está muerta en el nido, y
los otros seis revive y cría; es muy pequeña, y en cantar, muy suave. Han
tenido desto que digo algunos religiosos cierta experiencia, que la han visto
en sus huertos.
Hay otra ave que, por ser de mucha
estima, la presentaron al Virrey D. Luis de Velasco, no menos extraña que las
dichas, mayor que un ánsar; cómese medio carnero; tiene las plumas de muchas y
diversas colores, y las de la garganta, porque van las unas contra las otras,
hacen excelente labor; ladra como perro, y las plumas son provechosas para el
afeite de las mujeres; llámanla los indios ave blanca, y cuentan della otras
propiedades no menos maravillosas que las que hemos dicho de otras. Hay otra
ave que tiene la cabeza tan grande como una ternera, muy fiera y espantosa, y
el cuerpo conforme a ella; las uñas muy grandes y fuertes; despedaza cualquier
animal por fuerte que sea; nunca se vee harta, y suele, de vuelo, llevar un
hombre en las uñas.
Aves de agua hay muchas, como patos y
otros que llaman patos reales; garzas, muchas y muy hermosas. En la tierra hay
ánsares muy grandes, y grúas. De volatería, muy buenos halcanos, que por tales
los llevan a España; hay azores no menos buenos.”
Francisco
Cervantes de Salazar. La Crónica de la Nueva España
domingo, 17 de agosto de 2014
viernes, 15 de agosto de 2014
miércoles, 13 de agosto de 2014
martes, 12 de agosto de 2014
Y ÓBOLO BAJO LA LENGUA
SUEÑO DE SUEÑOS
Secreta noche herida de menguante
cae donde no hay agua ni tierra.
Marcha a cortar el filo de la luna,
mis raíces, que están donde no estuve.
...Traerán mi corazón, negra violeta
que se durmió en la orilla de otro sueño.
Lo he de llamar y no sabrá su nombre.
Me ha de cantar, y no he de comprenderle.
Y llevaré, camino en mediodía
de veinte cielos con opuestos soles,
mi angustia en veinte voces sin mi sangre.
He de llorar mil años sin mi llanto
y he de dormir mil años sin mis ojos
noche con veinte pétalos de luna.
Josefina Pla
domingo, 10 de agosto de 2014
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
UNA MIRADA EN LA CASA BLANCA
“La primera vez que le vi fue al comienzo de su
primer período presidencial. Acababa yo de llegar a Washington procedente de la
costa del Pacífico, siendo un forastero y un perfecto desconocido para el
público, y una mañana, al pasar frente a la
Casa Blanca , coincidí con un amigo que era
entonces senador por Nevada. Me preguntó si quería ver al Presidente. Respondí
que me encantaría; así pues, entramos. Supuse que el máximo dignatario se
hallaría rodeado de una muchedumbre, que podría observarle con calma y
seguridad desde la distancia, igual que otro gato vagabundo contemplaría también
a otro rey. Mas era media mañana, y el senador aprovechó un privilegio de su
cargo que nunca había oído mencionar: el de irrumpir en el despacho del primer
magistrado del país en horas laborables. Antes de que me diera cuenta, mi amigo
el senador y yo estábamos en su presencia, y no había nadie más que nosotros
tres. El general se levantó despacio de detrás de su escritorio, posó la pluma
en la mesa y se plantó ante mí con la acerada expresión de quien no ha reído en
siete años ni tiene, tampoco, la intención de hacerlo en los siete venideros.
Me miró fijamente a los ojos, unos ojos que habían perdido la confianza y se
retrajeron. Nunca me había enfrentado a un gran hombre, y me sumí en un mísero
estado de amilanamiento e ineptitud. El senador dijo:
--Señor Presidente, tengo el honor de presentarle al
señor Clemens.
El Presidente apretó
mi mano con gesto adusto y la soltó. No emitió una sola sílaba, continuó
inmóvil delante de mí. Yo, turbado como estaba, no sabía qué decir, tan sólo
deseaba retirarme. Se produjo una tensa pausa, una pausa agobiante, horrible.
De pronto acudió a mis mientes la inspiración y, alzando la vista hacia aquella
faz imperturbable, balbuceé tímidamente:
--Señor Presidente,
estoy muy azorado. ¿Lo está usted también?
Siete años antes de
tiempo brilló en su semblante un fugaz destello, el resplandor de una sonrisa
tan pasajera como un relámpago de estío; me despedí y me fui con la misma
prontitud que ella.
Transcurrieron dos
lustros antes de que le viera por segunda vez. Entretanto había aumentado mi
popularidad, y fui una de las personas designadas para contestar a los brindis
en el banquete con que el ejercito de Tennessee obsequiaba en Chicago al
general Grant, a su regreso de una gira alredor del mundo. Llegué a la ciudad
entrada la noche, y me levanté tarde. Todos los pasillos del hotel estaban
atestados de gentes que aguardaban para ver, o cuando menos atisbar, al general
cuando los atravesara en dirección de la estancia desde donde presidiría el
gran desfile. Me abrí camino a través de una sucesión de salas atiborradas y,
ya en una esquina del edificio, descubrí un ventanal abierto frente a un
espacioso estrado, decorado con banderolas y alfombrado. Subí a su cúspide, me
asomé y divisé a mis pies a millones de personas obstruyendo las calles, y unos
millares más amontonadas en las ventanas y azoteas de todas las casas del
entorno. Tales masas me tomaron por el general Grant, y estallaron en
volcánicas efusiones y vítores; pero era una excelente atalaya desde donde
seguir la parada, y me quedé. Al rato oí los distantes clamores de una marcha
militar, y avisté calle arriba la primera línea del desfile forjándose una brecha
entre las enardecidas multitudes, con Sheridan, la figura más marcial de la
guerra, cabalgando a la cabeza embutido en el uniforme de gala de un teniente
general.
De repente el general
Grant y el alcalde, Carter Harrison, ascendieron codo con codo a la plataforma,
escoltados en sendas filas de a dos por los muy condecorados y uniformados
miembros del comité de recepción. El general tenía exactamente el mismo aspecto
que en aquella embarazosa situación de dos lustros atrás: era una imagen hecha
de hierro, bronce y aplomo. El señor Harrison fue a mi encuentro, me condujo
hasta el general y me presentó formalmente. Antes de que atinara a verbalizar
la observación apropiada, el dignatario me dijo, con aquella risita que se
adelantó siete años centelleando de nuevo en su rostro:
--Señor Clemens, yo no
estoy azorado. ¿Y usted?
Han pasado desde
entonces diecisiete años más, y hoy, en Nueva York, las calles son un hervidero
de personas que se apretujan unas contra otras para rendir honores a los
despojos del excelso soldado en el traslado a su última morada, bajo el
monumento; resuenan en el aire salmos religiosos y salvas de artillería, y millones
de americanos piensa en el hombre que instauró la Unión y la bandera, además
de insuflar en el gobierno democrático un nuevo soplo de vida y darle, así lo
creemos y los esperamos, un lugar permanente entre las más beneficiosas
instituciones de la humanidad.”
Mark
Twain. Viaje alredor del mundo… Ediciones
Laertes
viernes, 8 de agosto de 2014
miércoles, 6 de agosto de 2014
OBITER DICTUM
El hotel
era grande. De su pileta interior recuerdo mármoles, mosaicos, humedad y luz
eléctrica. En el bar solía haber señores en traje de brin blanco, que
descansaban en sillones de mimbre, entre palmeras en macetas de cobre. Los
frescos de las paredes del comedor, que representaban a caballeros y damas
paseando por explanadas de otras ciudades termales, estimulaban mi imaginación.
También la estimulaban los animales embalsamados que había en un pasillo, entre
dos salones: un gran cóndor, con las alas abiertas, y un puma. El personal del hotel
me aseguraba que en la zona abundaban esos animales prestigiosos.
Adolfo Bioy Casares
lunes, 4 de agosto de 2014
Y ÓBOLO BAJO LA LENGUA
Me voy...
Me voy
a Beulah
a Beulah
me voy
a mirar
al viejo
rabí
bailar
alrededor
del castaño
alrededor
del pozo
del aprisco
del lecho
de Betsabé:
fuente
de luz
fuente
de piedad,
zarza
ardiente
su pelo,
zarza
ardiente
los ojos:
ya va a
girar.
Y miro
y miro
la rueca
la veleta,
tornasol
el agua
tornasol
las hojas.
A Beulah
llegó el
rabí:
nada
escapa a
su mirada
recta,
recta:
obra
primera
del Juicio
Final.
Y me llama
a Beulah
a Beulah
me llama:
a dar la
vuelta
alrededor
del ascua,
la ceniza,
aro del
último
fuego
carnal:
se detuvo.
A mis pies
reverbera
un caftán,
sombrero
de castor,
manto y
filacterias.
Me inclino.
Me sobrecojo.
Alzo
el viejo
espejismo
del lago,
arena
y ceniza
se deslizan
entre mis
dedos.
Beulah
Beulah
el viejo
rabí una
llamarada,
ascua en
la escala.
a Beulah
a Beulah
me voy
a mirar
al viejo
rabí
bailar
alrededor
del castaño
alrededor
del pozo
del aprisco
del lecho
de Betsabé:
fuente
de luz
fuente
de piedad,
zarza
ardiente
su pelo,
zarza
ardiente
los ojos:
ya va a
girar.
Y miro
y miro
la rueca
la veleta,
tornasol
el agua
tornasol
las hojas.
A Beulah
llegó el
rabí:
nada
escapa a
su mirada
recta,
recta:
obra
primera
del Juicio
Final.
Y me llama
a Beulah
a Beulah
me llama:
a dar la
vuelta
alrededor
del ascua,
la ceniza,
aro del
último
fuego
carnal:
se detuvo.
A mis pies
reverbera
un caftán,
sombrero
de castor,
manto y
filacterias.
Me inclino.
Me sobrecojo.
Alzo
el viejo
espejismo
del lago,
arena
y ceniza
se deslizan
entre mis
dedos.
Beulah
Beulah
el viejo
rabí una
llamarada,
ascua en
la escala.
José Kozer.
domingo, 3 de agosto de 2014
sábado, 2 de agosto de 2014
OTRA BALSA EN EL AQUERONTE
GINEBRA
“En un bar, para inducir y mantener el ensueño, hay que tomar ginebra
inglesa. Mi bebida preferida es el dry-martini. Dado el papel primordial que ha
desempeñado el dry-martini en esta vida que estoy contando, debo consagrarle
una o dos páginas. Al igual que todos los cócteles, probablemente, el
dry-martini es un invento norteamericano. Básicamente, se compone de ginebra y
de unas gotas de vermut, preferentemente «Noilly-Prat». Los buenos catadores
que toman el dry-martini muy seco, incluso han llegado a decir que basta con
dejar que un rayo de sol pase a través de una botella de «Noilly-Prat» antes de
dar en la copa de ginebra. Hubo una época en la que en Norteamérica se decía
que un buen dry-martini debe parecerse a la concepción de la Virgen.
Efectivamente, ya se sabe que, según santo Tomás de Aquino, el poder generador
del Espíritu Santo pasó a través del himen de la Virgen «como un rayo de sol
atraviesa un cristal, sin romperlo». Pues el «Noilly-Prat», lo mismo. Pero a mí
me parece una exageración.
Otra recomendación; el hielo debe ser muy duro, para que no suelte agua.
No hay nada peor que un martini mojado.
Permítaseme dar mi fórmula personal, fruto de larga experiencia, con la que
siempre obtengo un éxito bastante halagüeño.
Pongo en la nevera todo lo necesario, copas, ginebra y coctelera, la
víspera del día en que espero invitados. Tengo un termómetro que me permite
comprobar que el hielo está a unos veinte grados bajo cero.
Al día siguiente, cuando llegan los amigos, saco todo lo que necesito.
Primeramente, sobre el hielo bien duro echo unas gotas de «Noilly-Prat» y media
cucharadita de café, de angostura, lo agito bien y tiro el líquido, conservando
únicamente el hielo que ha quedado, levemente perfumado por los dos
ingredientes. Sobre ese hielo vierto la ginebra pura, agito y sirvo. Eso es
todo, y resulta insuperable.
En Nueva York, durante los años cuarenta, el director del Museo de Arte
Moderno me enseñó una versión ligeramente distinta, con pernod en lugar de
angostura. Me pareció una herejía. Además, ya ha pasado de moda.
Si bien el dry-martini es mi favorito, yo soy el modesto inventor de un
cóctel llamado «Buñueloni». En realidad, se trata de un simple plagio del
célebre «Negroni»; pero, en lugar de mezclar «Campari» con la ginebra y el
«Cinzano» dulce, pongo «Carpano».
Ese cóctel lo tomo preferentemente por la noche, antes de sentarme a cenar.
También en este caso, la presencia de la ginebra, que domina en cantidad sobre
los otros dos ingredientes, es un buen estímulo para la imaginación.
¿Por qué? No lo sé. Pero doy fe.
Como seguramente habrán comprendido ya, yo no soy un alcohólico. Desde
luego, toda mi vida ha habido veces en las que he bebido hasta caerme; pero
casi siempre se trata de un ritual delicado que no te lleva a la auténtica
borrachera, sino a una especie de beatitud, de tranquilo bienestar, acaso
semejante al efecto de una droga ligera. En algo que me ayuda a vivir y a
trabajar. Si alguien me preguntara si alguna vez en toda mi vida he conocido el
infortunio de carecer de alguna de mis bebidas, le diría que no recuerdo que
eso me haya ocurrido. Siempre he tenido algo que beber, ya que siempre he
tomado precauciones.
Por ejemplo, viví cinco meses en los Estados Unidos en 1930, durante la
época de la Ley Seca y, que yo recuerde, nunca había bebido tanto. Tenía en Los
Ángeles un amigo traficante —lo recuerdo muy bien, le faltaban tres dedos de
una mano— que me enseñó a distinguir la ginebra verdadera de la falsificada.
Bastaba agitar la botella de un modo especial: la ginebra verdadera hacía
burbujas.
También se encontraba whisky en las farmacias, con receta, y en determinados restaurantes se servía vino en tazas de café. En Nueva York, yo conocía
un buen speak-easy («hablen bajo»). Llamabas a la puerta de un modo especial,
se abría una mirilla, entrabas rápidamente y, dentro, encontrabas un bar como
cualquier otro, en el que había de todo.
La Ley Seca fue realmente una de las ideas más absurdas del siglo. Bien es
verdad que, en aquella época, los norteamericanos se emborrachaban como unas
cubas. Después, creo yo, aprendieron a beber.”
Luis Buñuel. Mi último suspiro. Random House
Mondadori.
viernes, 1 de agosto de 2014
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
TATTOO
The light is like a spider.
It crawls over the water.
It crawls over the edges of the snow.
It crawls under your eyelids
And spreads its webs there--
Its two webs.
The webs of your eyes
Are fastened
To the flesh and bones of you
As to rafters or grass.
There are filaments of your eyes
On the surface of the water
And in the edges of the snow.
Wallace Stevens
lunes, 28 de julio de 2014
sábado, 26 de julio de 2014
miércoles, 23 de julio de 2014
lunes, 21 de julio de 2014
viernes, 18 de julio de 2014
jueves, 17 de julio de 2014
Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA
EN PAISAJE DE ELEFANTES
Hay
novelas que nos aplastan
contra
el pavimento calcinado.
Aplastan
el aire que nos rodea.
Avanzan
como elefantes
taciturnos
por el secarral
mortecino
de la gramática.
Arde
la ciudad sin remedio ni razón.
Aguardan
los verdugos el conocimiento.
Nos
aplastan los capítulos en llamas.
Patalea
irritado el humo de los prólogos.
Avanzan
los elefantes escasos de aguardiente.
Y
en el río,
que
agoniza bajo un sol
de
plomo atómico, pacen
algunas
páginas aburridas y agarrotadas
en
la estantería repetida del mediodía.
Adelina
Aller
miércoles, 16 de julio de 2014
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