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martes, 11 de octubre de 2022

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE





DE FILOSOFOS Y ZANGANOS


«En la sociedad soviética, el estatuto social del trabajo es otro. El ejercicio del trabajo cesa de ser una libertad para constituirse en una obligación, y no ya simplemente moral, sino jurídica y coercible ante la ley. El trabajo es una obligación en cuanto a que el individuo debe siempre trabajar, y en cuanto a que no es de su sola incumbencia personal optar por tal o cual oficio, profesión o actividad. Aquí residen dos de las más esenciales diferencias entre la concepción burguesa del trabajo y la concepción soviética. Dentro de la primera hay el error de entender por libertad de trabajo lo que, en verdad, no es más que un libertinaje. El trabajo, material o intelectual es, en efecto, una ley esencialmente humana. Se argumentará que ésta no es una ley universal, citando el caso de ciertas especies zoológicas que no trabajan, tales como los marmas y los zánganos. Los filósofos antiguos han podido, asimismo; predicar el desprecio al trabajo, considerándolo como degradante para el hombre. Pero conviene rechazar el primer argumento, recordando el lindero que, desde este punto de vista, existe entre la sociedad humana y la sociedad animal. Ya el socialismo utópico cayó, hace cien años, en el error de identificar ambas sociedades, en su mecánica y destinos esenciales, tomando la convivencia de las bestias como modelo de la convivencia humana. Marx destruyó este absurdo, que, como casi todos los principios del socialismo utópico, es en el fondo burgués y hasta reaccionario en medio de su fachada revolucionaria. Por lo que respecta a los filósofos antiguos, se trata de una opinión de elite, de una postura aristocrática, de la moral clasista de los parásitos que viven a expensas del obrero o del esclavo y para los que Lafargue reclama, burlándose de ellos, un derecho a la pereza.»

Cesar Vallejo.
Rusia en 1931.
Editora Perú Nuevo