LOUIS STETTNER
BONAPARTE, EL GRANDE
«No es grande Bonaparte por sus palabras, sus discursos, sus escritos, por el amor a las libertades que nunca tuvo y que nunca pretendió establecer; es grande por haber creado un gobierno auténtico y poderoso, un código de leyes adoptado en diversos países por los tribunales de justicia, las escuelas, una administración fuerte, activa, inteligente, y con la que todavía nos regimos; es grande por haber resucitado, ilustrado y administrado excelentemente Italia; es grande por haber hecho renacer en Francia el orden del seno del caos, por haber levantado de nuevo los altares, por haber reducido a unos furiosos demagogos, a unos orgullosos eruditos, a unos literatos anárquicos, a unos ateos volterianos, a unos oradores de plaza pública, a unos estranguladores de prisiones y de calle, a unos muertos de hambre de tribuna, de clubes y de cadalsos, por haberlos reducido a servir a sus órdenes; es grande por haber aherrojado a una turba anárquica; es grande por haber acabado con las confianzas de una suerte común, por haber forzado a unos soldados, sus iguales, a capitanes, jefes suyos o rivales, a doblegarse a su voluntad; es grande sobre todo por ser hijo de sí mismo, por haber sabido, sin otra autoridad que la de su genio, por haber sabido, él, hacerse obedecer por treinta y seis millones de súbditos en la época en que ninguna ilusión rodea los tronos; es grande por haber derrocado a todos los reyes que se oponían, por haber derrotado a todos los ejércitos cualesquiera que fuesen su disciplina y valor, por haber dado a conocer su nombre tanto a los pueblos salvajes como a los pueblos civilizados, por haber superado a todos los vencedores que lo precedieron, por haber llenado diez años de prodigios tales que hoy en día nos cuesta comprenderlos. El famoso delincuente en lo que a triunfos se refiere ya no existe; los pocos hombres que todavía comprenden los sentimientos nobles pueden rendir homenaje a la gloria sin temerla, pero sin arrepentirse de haber proclamado lo que esta gloria tuvo de funesta, sin reconocer al destructor de toda independencia como al padre de la emancipación: Napoleón no tiene ninguna necesidad de que le atribuyan méritos prestados; estuvo bastante dotado de ellos al nacer.»
CREER O NO CREER
«Durante muchos años hemos formado parte de una organización de masas forjadas en la disciplina ciega, en la obediencia sumisa, en la intransigencia apasionada, en la intolerancia fanática que, impermeables a todo otro razonamiento, tienen como único norte el de la defensa de la URSS. Romper con lo que se ha amado entrañablemente, hacer añicos con nuestras propias manos los ídolos por ella creados, ídolos que llenaban por completo nuestra alma, no es un proceso fácil; es, por el contrario, un proceso lento, penoso, cruel. Dejar de creer en lo que se ha creído presupone un periodo de crisis donde las mentiras aceptadas como verdades luchan contra verdades que se nos figuraban mentiras. Es un forcejeo entre el ideal que se desploma y la conciencia que se resiste a la catástrofe espiritual. El hombre necesita creer por ese horror instintivo a la nada espiritual que le deshumaniza. Por temor a ese vacío opta por seguir aferrado a la ilusión muerta. O prefiere una fe endeble a no tener ninguna. Quien de la noche a la mañana se declara ateo es que nunca ha creído en Dios.»
Jesús Hernández.
Yo fui un ministro de Stalin.
Gregorio del Toro.
«Recuerdo ahora que fue en el mes de enero cuando conseguí mi primer empleo en Londres a los dieciocho años. Ganaba cinco libras a la semana y solía coger el tren desde donde vivíamos en Kent hasta una estación del centro financiero de Londres, llamada Cannon Street. Tan pronto como saltaba del tren, comenzaba un frenético galope, a través de calles concurridas y entre nieve medio derretida, para alcanzar la gran entrada del edificio de la compañía Shell y fichar a las nueve en punto. Se nos exigía absoluta puntualidad a todos los que teníamos contrato de prácticas. Si llegábamos tarde, informaban a los jefes. A la hora de comer solía ir a un bar para tomar un pastel de carne y una cerveza, y de vuelta a la oficina siempre, absolutamente siempre, me premiaba con una chocolatina de Cadbury’s Dairy Milk de dos peniques.»
Segue o teu destino,
Rega as tuas plantas,
Ama as tuas rosas.
O resto é a sombra
De árvores alheias.
A realidade
Sempre é mais ou menos
Do que nos queremos.
Só nós somos sempre
Iguais a nós próprios.
Suave é viver só.
Grande e nobre é sempre
Viver simplesmente.
Deixa a dor nas aras
Como ex-voto aos deuses.
Vê de longe a vida.
Nunca a interrogues.
Ela nada pode
Dizer-te. A resposta
Está além dos deuses.
Mas serenamente
Imita o Olimpo
No teu coração.
Os deuses são deuses
Porque não se pensam.
Ricardo Reis.
Fernando Pessoa.
«Como la ciudad de Temixtitán era tan principal y nombrada por todas estas partes, parece que vino a noticia de un señor de una muy gran provincia que está setenta leguas de Temixtitán, que se dice Mechuacán, cómo la habíamos destruido y asolado, y considerando la grandeza y fortaleza de la dicha ciudad, al señor de aquella provincia le pareció que pues que aquella no se nos había defendido, que no habría cosa que se nos amparase; y por temor o por lo que a él le plugo, enviome ciertos mensajeros, y de su parte me dijeron por los intérpretes de su lengua que su señor había sabido que nosotros éramos vasallos de un gran señor, y que si yo tuviese por bien, él y los suyos lo querían también ser y tener mucha amistad con nosotros. Y yo le respondí que era verdad que todos éramos vasallos de aquel gran señor, que era vuestra majestad, y que a todos los que no lo quisiesen ser les habíamos de hacer guerra, y que su señor y ellos lo habían hecho muy bien. Y como yo de poco acá tenía alguna noticia de la mar del Sur, informeme también dellos si por su tierra podían ir allá; y ellos me respondieron que sí; y rogueles que porque pudiese informar a vuestra majestad de la dicha mar y de su provincia, llevasen consigo dos españoles que les daría, y ellos dijeron que les placía de muy buena voluntad; pero que para pasar al mar había de ser por tierra de un gran señor con quien ellos tenían guerra, y que a esta causa no podían por ahora llegar a la mar. Estos mensajeros de Mechuacán estuvieron aquí conmigo tres o cuatro días, y delante dellos hice escaramuzar los de caballo, para que allá lo contasen; y habiéndoles dado ciertas joyas, a ellos y a los dos españoles despaché para la dicha provincia de Mechuacán.»
ALAS
«Para el individuo, viajar es renovarse. Los viajes modifican nuestro concepto del mundo, crean en nosotros un nuevo ser, acrecen el capital de nuestros conocimientos, nos inculcan la tolerancia, nos hacen más comprensivos e inteligentes, educan nuestra sensibilidad. Personas que vivieron consagradas a su útiles tareas, al viajar visitan museos y catedrales, se ponen en contacto, siquiera sea por un instante, con el alma de las ciudades místicas. Este contacto es inmensamente benéfico. Una persona inteligente, pero que jamás se haya preocupado de otras cosas que de sus asuntos, sentirá en Ávila, en Asís, o en Nuremberg, que su mundo se ensancha, que su concepto utilitarista se transforma. Podríamos decir que a esa persona le nacen alas.»
Manuel Gálvez.
El solar de la raza.
Editorial Saturnino Calleja.
STRAUSS
Ella no me llama Strauss.
De hecho, jamás me llamó Strauss.
Tampoco a tí te llama Strauss.
Pero Strauss vive porque se resiste
a emigrar de nuestras noches heladas.
Ha dejado de inventar nuestras risas
aunque las alimenta cuando lo desea.
Ha dejado de acariciarnos las ideas
aunque continúa peinando nuestras dudas.
Ha dejado de reprender nuestros excesos
pero siento su cálida mano muy cerca.
Ha dejado de alimentar nuestro mundo
aunque lo llena con sus besos de madre.
Ya no puede regalarnos
otra vida pero nosotros le debemos la que os cuento.
Algunos hablarían de castigo
pero yo de suerte y de magia
porque cuando mi alma triste
se desvanece en el vino de sus meigas
y regresa furtiva a las nubes de su tiempo,
se restablece su dulce y maternal reino.
Adelina Aller.
AS LAGARTEIRAS Y EL ESPAÑA
«El día seis de mayo de mil novecientos doce se botó al agua el acorazado España, el primero de un programa de construcciones navales relativamente ambicioso, aunque los avances de la guerra que sobrevino lo hubieran dejado muy pronto anticuado. En aquella ocasión, vino a mi pueblo el rey, con la reina, la corte y la escolta real. Un acontecimiento por todo lo alto, si bien es cierto que a mi pueblo habían venido los reyes otras veces, según se recordaba. Se botaban los barcos en mayo o en septiembre por ser el tiempo de las mareas vivas, que allí llamaban «lagarteiras», no sé si todavía les siguen dando ese nombre. Y hacía mucho tiempo que de aquellos arsenales, antaño famosos, no salía una pieza tan notable. Yo estuve en la botadura y no me acuerdo, quizá no me haya llamado la atención, o tal vez no haya logrado ver cómo se deslizaba el barco por las gradas de sebo, cómo saludaba su popa a la mar cuando esta lo recibía dejándose rasgar las ondas. Pero hubo fiestas, el aviador Piñeiro voló en el Prado de Caranza, y yo me acuerdo; la escolta real pasó por la calle Galiano camino de la estación, y me acuerdo también: son dos imágenes borrosas que, con su debilidad, sostienen el edificio entero de mi memoria.»
Gonzalo Torrente Ballester.
Los mundos imaginarios.
Editorial Espasa.
«Claro está, en la calle no había tranvías ni taxis, así que hemos echado una carrera hasta el Kurfürstendamm para entrar en calor y, al final, hemos encontrado un taxi para volver. Cerca de mi casa hemos tenido que desviarnos, porque dos ambulancias habían colisionado justo después de sacar a gente de una casa vecina, que ha quedado pulverizada. Las tres personas que sobrevivieron a la bomba murieron en el accidente.»
AQUELLA TERRIBLE MÚSICA
«No hubo en todo el tiempo de la batalla motivo para temer que aquella corriente espiritual produjese estragos en la línea de fuego ni en los hogares porque, en suma, representaba la voluntad de sobrevivir a una catástrofe. Por eso, aunque se alteró el ritmo de la ciudad, no modificó sus esenciales matices. No se interrumpieron los espectáculos públicos, ni siquiera en los locales que se hallaban próximos al frente de combate o bajo el fuego de los cañones, en los ejes de tiro preferidos por éstos; a las tiendas de las calles más frecuentemente visitadas por los proyectiles, las gentes acudían por igual en busca del sedante para sus nervios y para sus estómagos; y los escolares no dejaron de acudir a las aulas, ni los niños dejaron de jugar al sol, en las plazas y paseos alejados del frente, por fortuna, sin comprender la trágica armonía y el significado de aquella terrible música que llegaba a sus oídos.»
Vicente Rojo.
Así fue la defensa de Madrid.
Ediciones Era.