lunes, 30 de junio de 2025

HASTA QUE NOS VEAMOS




Pater meus vixit.



Mi primera palabra fue papá. 



Me veo obligada a señalar que, por su naturaleza competitiva, él se pasaba el día conmigo en brazos, exigiéndome que soltase de una vez la dichosa palabrita.

Tras esta primera andanza en el mundo de las letras, aprendí a leer, a escribir, a hacer ejercicios. Siempre bajo la atenta mirada de mi padre, que intentaba revertir la injusta posibilidad de haber tenido un hijo extremadamente listo y una hija extremadamente tonta. No fueron pocas las veces que, de nuevo obligado a ayudarme a estudiar, me preguntaba cuál era la raíz cuadrada de uno y yo, con el silencio de quien no entiende, me echaba a llorar. Papá intentó hacerme entender que la aritmética era necesaria; sin embargo, yo me negaba a darle ningún resultado.

Por desgracia —y para el deleite maquiavélico de papá—, nada más empezar a escribir este texto me di cuenta de que debía hacer un cálculo. En 1971, cuando mi padre tenía 9 años, la abuela Lina —es decir, su mamá— cumplió 40 años. Él, como es natural, notó la presencia de Caronte demandando su óbolo. Yo, en cambio, no crecí con la amenaza de un barquero reclamante en las esquinas más oscuras de mi casa. Yo tuve la suerte de que papá me recordaba cada día la inminencia de su muerte: «Lo entenderás cuando yo muera»«Será tuyo cuando yo muera»; y mi favorita«¿Quién te va a querer más que yo el día que no esté?». Además, papá, aunque me vacilaba incansablemente por anhelar los placeres y los encantos de la musa Talía («¿Por qué quieres ser Marilyn cuando podrías ser Virginia?»), tenía un gusto por lo dramático que lo llevaba a escenificar su muerte en demasiadas ocasiones. Dejaba caer su inmenso cráneo de padre sobre la mesa de la cocina y, durante unos larguísimos segundos, ahí quedaba como un melón presidiendo la mesa. Era una angustia, menos para él, que era una risa.

 

Papá eludió a la muerte muchas veces.

Pero, así como al sirviente de La cita de Samarra, el destino marcó sentencia.

 

Tardaría años en contaros la cantidad de veces que me dijo que iba a morir a los 62 años, como su padre; la cantidad de veces que se rió de que su signo del horóscopo era cáncer; la cantidad de veces que me contó historias en las que descendía por escaleras infinitas, en las que caía en lenguas de fuego en las noches de San Juan, en las que luchaba contra olas del mar Egeo, en las que las ventanas se abrían frente a él y le invitaban al vacío con canto de sirena insidiosa. Papá siempre salía airoso de aquellos encuentros con la muerte y, a pesar de su carácter chulesco, reconocía sin pudor que no sabía muy bien cómo seguía con vida.

Si me permites a mí la chulería, papá —que sí me la permites, porque para chulos tú y tu padre, y ahora yo también—, yo sé por qué no te encontró la muerte aquellas veces: es porque debías conocer a mamá; es porque debías crearme y criarme. También a Martín, evidentemente, pero ¿qué valor tiene un hermano si no puedo permitirme el lujo de ignorarlo? Y si no, que les pregunten a los hermanos Aller Vázquez.

Él, que fue poeta, pintor, escultor y, en cualquiera de sus definiciones, un creador nato, sabía que su mejor obra fue la vida que creó junto a su Mosi, con Martín y con Raquel. Podría decir muchas cosas de la relación de mi hermano y mi padre, pero tan solo traeré a vuestra memoria al Toro de Creta y a su hijo, el Minotauro.

Yo, por mi parte —y ya paro con las alusiones mitológicas—, salí de la cabeza de mi padre como Atenea de la de Zeus. Te pido perdón, mamá, por olvidar con esta alegoría el dolor y la sangre del parto real, que fue solo tuyo. Pero desde que tengo uso de razón, papá y yo manteníamos una competición constante, en la que claramente yo partía con desventaja. Una competición del saber, del dolor, de la imagen del poeta maldito y, en general, comportándonos como si ambos hubiésemos nacido creyendo ser el personaje principal del mismo relato de Borges. 

De cada verso que yo escribía, él sacaba uno mejor con la misma idea; de cada autor del que yo había leído cinco libros, él había leído cincuenta; de cada cicatriz que yo tenía, él tenía una más prolongada, más profunda. Me frustraba, pero, a la vez, me fascinaba cómo podía no recordar el día de mi cumpleaños, pero sí saber quién era Remedios Varo cuando yo creía haber descubierto una nueva maga, una nueva pieza secreta del saber. Y no contento con ello, además me daba una clase magistral de la vida y obra de esa mi nueva maga. Lo que me recordaba quién era el jefe y por qué, para chulos, su padre y él.

 

Y ahora que ya me he cansado de hablar con gente que no está a nuestro nivel.

Y ahora que te alejas como otra balsa en el Aqueronte.

Y ahora que soy yo quien arroja pequeñas monedas de bronce niquelado.



Papi, me referiré solo a ti.

 

Yo, que soy poco más que una extensión de esa parte de tu alma a la que solían calificar de medio-home, te diré que: todo lo que he querido en mi vida ya lo he tenido.

De mañana me otorgabas la luz, proporcionándome la facilidad del melancólico canto. Y durante el día me regalabas flores de una probe chica de mercado, y subíamos montañas para degustar el zapato más delicioso del mundo, y dos huevos duros. Te reías de mí cuando lloraba con el agua helada de los ríos, con las pulseras caídas que daban fin a una tragedia francesa, con la música de aquella nuestra arpa muda. Y, después, con la caída del sol, me permitías sentarme en el viejo oeste contigo mientras los hombres a caballo silbaban y olíamos la pólvora en el aire. Y yo le susurraba a la luna que todos esos parnasos los habías creado tú. Y yo le juraba y perjuraba que, como tu heredera, en el futuro yo sería la digna guardiana del centro del Aleph.

Todas las letras que hoy te dedico, todas las que te he dedicado a lo largo de mi vida, salieron siempre de aquel lago en el que me bañaste. Un lago muy profundo, rodeado de silvas salvajes, que se esconde en la tierra de Dreira, donde, bendecido por las meigas y escapando de los vientos de plomo, construiste una cabaña que fuiste llenando poco a poco de alfabetos y colores. Sé que estarás esperándome allí. A mí, a mamá y a Martín, y a quien tú quieras.


Para cuando podamos volver a encontrarnos:

te llevaré tus palabras encuadernadas en el honor que siempre han merecido;

papi, te cantaré mis versos de pajarito, todos los que te habrás perdido;

cuando por fin diga mi última palabra y pueda esconderme contigo en el trastero oculto, todo se teñirá de verde y sé que me preguntarás:



«¿A ti quién te quiere más?»




lunes, 9 de junio de 2025

OBITER DICTUM

 





«En la vida, lo importante es la libertad individual. El dinero excesivo, como la pobreza excesiva, le ponen al hombre un yugo insoportable. Hay que tener el dinero justo para lograr, viviendo una vida modesta, ser libre. La mediocridad del clásico —⁠dirán ustedes⁠—. Sí. Pero no la mediocridad brillante, que es la más anhelada en esta época, sino la mediocridad apagada, grisácea, imperceptible. Con todo eso quiero decir que hay que prescindir de la propia vanidad y desconfiar de la ajena.»


Josep Pla.


domingo, 23 de marzo de 2025

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA


 


FLORIRAM POR ENGANO AS ROSAS BRAVAS


Floriram por engano as rosas bravas

No Inverno: veio o vento desfolhá-las...

Em que cismas, meu bem? Porque me calas

As vozes com que há pouco me enganavas?


Castelos doidos! Tão cedo caístes!...

Onde vamos, alheio o pensamento,

De mãos dadas? Teus olhos, que num momento

Perscrutaram nos meus, como vão tristes!


E sobre nós cai nupcial a neve,

Surda, em triunfo, pétalas, de leve

Juncando o chão, na acrópole de gelos...


Em redor do teu vulto é como um véu!

Quem as esparze quanta flor! do céu,

Sobre nós dois, sobre os nossos cabelos?



Camilo Pessanha.

domingo, 16 de febrero de 2025

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA



 


DESPEDIDA

 

Mata su luz un fuego abandonado.

Sube su canto un pájaro enamorado.

Tantas criaturas ávidas en mi silencio

y esta pequeña lluvia que me acompaña.

 

 Alejandra Pizarnik.


sábado, 1 de febrero de 2025

Y EL ÓBOLO BAJO LA LENGUA






    MISA LUNÁTICA


La noche sollozó, como si alguna
Pena turbara su quietud salvaje;
Junto a una estrella se azuló el plumaje
De un cisne, en la letárgica laguna.

La brisa desplegó con oportuna
Desolación tu lúgubre ropaje;
Y se durmió el diabólico paisaje
Bajo los cloroformos de la luna.

Hízose en tu pudor más expresiva
Una humildad dichosa de cautiva.
La fiebre de tus miedos juveniles

Multiplicaba lógicas arañas,
Y vino de las prósperas cabañas
Un cántico de flautas pastoriles.

Horacio Rega Molina.

miércoles, 8 de enero de 2025

OBITER DICTUM

 



«En los barrios judíos de Nueva York, durante la fiesta de año nuevo, puedes ver a chicos y chicas vestidos no sé si para una boda o para una fotografía coloreada, igual que en Šiauliai: zapatos de charol, medias naranja, vestidos blancos de encaje, un pañuelo multicolor y una peineta española en el pelo en el caso de las mujeres, y los mismos zapatos y una extraña mezcla de levita, chaqueta y esmoquin para los hombres. Y encima de la barriga, una cadena de oro auténtico o estadounidense —del mismo tamaño y peso que las cadenas que cierran las puertas de servicio para prevenir la entrada de ladrones—. Los que ayudan en la liturgia llevan chales de rayas. Los niños juegan con cientos de postales festivas con corazones y palomas —son postales de las que se anegan estos días todos los carteros de Nueva York, y que son el único artículo de consumo mayoritario en los grandes almacenes en todas las vísperas de festivos.»

Vladimir Maiakovski.


sábado, 4 de enero de 2025

OTRA BALSA EN EL AQUERONTE

 





SINDICALISMO Y DICTADURA

MILITARISMOS Y DICTADURA


«Si la sociedad actual, en uso de un perfectísimo derecho de defensa, no quiere verse arrollada por el sindicalismo proletario y sufrir la tiranía de su dictadura cruel, de la que es triste ejemplo la Rusia de hoy, ya puede ir tomando medidas para hacer frente al alud, que aún es tiempo; mas si por creer lejano el peligro o fiarse del gubernamentalismo de unas docenas de socialistas aburguesados no dan importancia a la amenaza, tal vez se vea algún día sorprendida por lo inesperado, en condiciones que no pueda remediarse, pues toda la masa obrera, por natural instinto de solidaridad con los suyos, con los verdaderos trabajadores, se sumará, al movimiento, precipitando la catástrofe.»


Emilio Mola.

Obras completas.

Librería Santarén.